Lo
explicaba el personaje de Calderón: “¿Qué es la vida? Un frenesí”. Y seguro
que, si viviera en los tiempos actuales, lo subrayaría con más rotundidad, tan
angustiado como perplejo. Por culpa del móvil, del trabajo, del caos urbano en
que vivimos y de las exigencias estresantes y crecientes de la vida cotidiana,
todos andamos zarandeados por Mil cosas, como reza el título de la
novela de Juan Tallón: correos electrónicos que asaltan nuestros ordenadores,
mensajes que inundan nuestros teléfonos, agobios con los horarios, compañeros
con los que resulta difícil convivir, timos informáticos ante los que conviene
estar prevenido, problemas de salud de nuestros padres, papeleos burocráticos
que debemos cumplimentar… Así que los escasos días en que gozamos de vacaciones
(quien tenga la suerte de poder pagar una escapada) se erigen en paréntesis y
oasis, en horizonte y meta.
Travis
es subdirector de una revista y las tareas y problemas lo desbordan: ese
colaborador que no cumple los plazos o vende el reportaje a la competencia,
esos jefes que nunca se sabe si están satisfechos con tu trabajo, esas cartas
que tienen que ser enviadas (aunque jamás se encuentre el hueco para hacerlo),
esos pañales que hay que comprar en la farmacia (que ha cerrado cuando llegas
ante su puerta), ese coche que necesita un recambio urgente, esos calores que
abofetean la ciudad y oprimen los sesos. Anne es su esposa y tampoco su
situación es fácil: atiende por teléfono a los clientes en una empresa, soporta
a una jefa estirada, sufre las insinuaciones eróticas de un compañero rijoso,
intenta cumplir sus tareas como madre de la mejor forma que puede, sueña con
pasar unos días en Edimburgo… Ambos están deseando que lleguen las vacaciones
(de hecho, se enfrentan al último día de trabajo), pero las últimas horas, las
larguísimas últimas horas, se les están haciendo tan empinadas (el calor por
encima de los cuarenta grados tampoco ayuda mucho) que parece que la conclusión
no llegue nunca.
Convincente, asombrosa y rotunda primera aproximación a la narrativa de Juan Tallón, con el que repetiré, pese a los malos ratos que me ha hecho pasar con las descargas de adrenalina (durante) y con la abrupta angustia llorosa (después). Qué cabrón.

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