sábado, 13 de junio de 2026

Coplas de Juan Descalzo

 


Hay un tipo de poetas para quienes no está reservada la gloria de las academias o el fulgor pirotécnico de los premios comerciales, sino algo que, siendo menos aparatoso, tal vez resulte más gratificante: el fervor popular. Son voces que aspiran a ser pueblo; y que el pueblo, en ocasiones, admite y hace suyas. Entiendo que, en ese sentido, el caso de Nicolás Guillén es paradigmático. La forma en que el vate de Camagüey mira a su gente es cercana, “a nivel” (como dijo el poeta del 27). Y la forma en que le habla se reviste de los mismos colores: palabras e ideas que no resultan rimbombantes, ni pretenden el refinamiento espurio de la pedantería. “Teresa es pueblo y habla como un oro”, dejó escrito bellamente el gran Dámaso Alonso para referirse a la santa de Ávila. Nicolás también es pueblo y habla como un barro, en el sentido más respetuoso y admirativo de esa palabra. No quiere estar sobre un escenario, micrófono en mano. No quiere un estrado, al que es preceptivo subirse con chaqué o pajarita. Nicolás se sienta en medio de su gente y pone rimas a sus dolores, a sus inquietudes, a sus orfandades. Les dice que Fulgencio Batista tiene cogida la sartén por el mango y que abusa de su poder, pero que también lo hizo Gerardo Machado hasta que la derrota lo desdibujó. Les dice que su país sufre una bochornosa falta de democracia (“¿Elecciones? Musiquilla. / ¿La democracia? Un cantar. / Aquí la cosa es durar / el mayor tiempo en la silla”). Les dice que hay que seguir “el camino de Martí”. Les cuenta con tono amargo (poema IX) que los periodistas son presionados con palizas para que no se atrevan a levantar la voz contra el poder. Lamenta la forma en que las peores enfermedades golpean a los más humildes (“La polio sigue extendida, / hay de tifus ancho brote”). Y denuncia la atrocidad de que, en una isla rica en productos naturales a mitad del siglo XX (los poemas son de 1952-1953), siga habiendo una parte importante de la población que sufra necesidades alimenticias (“La vida es en Cuba cruel / y el hambre, por nuestro mal, / si no llegó a general, / ya es un hambre coronel”).

Con la barriga llena, con derecho al voto y con un centro sanitario a poca distancia de casa tal vez resulte fácil etiquetar de “demagogia” sus versos. En caso contrario ya es más difícil. Poesía necesaria.

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