lunes, 12 de enero de 2026

Navegaciones y regresos


 

Continúo mi camino de relecturas (aquellos libros de juventud, que ahora retomo con las manos arrugadas) y elijo hoy Navegaciones y regresos, del chileno Pablo Neruda, tótem de mi adolescencia y agua fresca en mi madurez. No entraré en sus posiciones políticas, no entraré en sus vaivenes eróticos, no entraré en ciénagas como la de su hija Malva Marina: todo eso pertenece al ámbito de lo criticable, sin duda, pero se sale del espacio literario, que es el que me interesa. Me quedaré con sus palabras, con sus versos de luz y de arrollador poderío. Me quedaré con su oda al ancla (que inevitablemente me lleva a recordar la foto del ancla que tenía en Isla Negra); me quedaré con su oda al caballo (pero no al airoso y elegante, sino al triste animal derrotado por tantos años de servicio a su amo); me quedaré con sus odas a los objetos pequeños (el plato, la taza, la cuchara, los utensilios de modestia silenciosa); me quedaré con sus adjetivaciones sugerentes e increíbles (“El desorden huraño de la roca”); me quedaré con sus asombrosas definiciones líricas (cuando llama al elefante “Cuero de talabartería planetaria”, cuando dice que los ojos de un perro son “dos preguntas húmedas”, cuando etiqueta a Ramón Gómez de la Serna como “oso de azúcar”).

Soy consciente de que no todos los libros de Neruda son igual de valiosos, pero creo que su voz siempre lo es: esa capacidad torrencial que tenía para esmaltar imágenes, metáforas, comparaciones. Por eso, sin duda, seguiré releyendo sus libros.

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