Continúo
mi camino de relecturas (aquellos libros de juventud, que ahora retomo con las
manos arrugadas) y elijo hoy Navegaciones y regresos, del chileno Pablo
Neruda, tótem de mi adolescencia y agua fresca en mi madurez. No entraré en sus
posiciones políticas, no entraré en sus vaivenes eróticos, no entraré en
ciénagas como la de su hija Malva Marina: todo eso pertenece al ámbito de lo
criticable, sin duda, pero se sale del espacio literario, que es el que me
interesa. Me quedaré con sus palabras, con sus versos de luz y de arrollador
poderío. Me quedaré con su oda al ancla (que inevitablemente me lleva a
recordar la foto del ancla que tenía en Isla Negra); me quedaré con su oda al
caballo (pero no al airoso y elegante, sino al triste animal derrotado por
tantos años de servicio a su amo); me quedaré con sus odas a los objetos
pequeños (el plato, la taza, la cuchara, los utensilios de modestia silenciosa);
me quedaré con sus adjetivaciones sugerentes e increíbles (“El desorden huraño
de la roca”); me quedaré con sus asombrosas definiciones líricas (cuando llama
al elefante “Cuero de talabartería planetaria”, cuando dice que los ojos de un
perro son “dos preguntas húmedas”, cuando etiqueta a Ramón Gómez de la Serna
como “oso de azúcar”).
Soy consciente de que no todos los libros de Neruda son igual de valiosos, pero creo que su voz siempre lo es: esa capacidad torrencial que tenía para esmaltar imágenes, metáforas, comparaciones. Por eso, sin duda, seguiré releyendo sus libros.

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