lunes, 15 de junio de 2026

Canciones de amor en Lolita's Club

 


Cada persona sobrelleva sus dolores de una forma distinta, y los alivia o los intenta destruir utilizando estrategias tan inconscientes como variadas: el llanto, el silencio, la furia, la soledad. Da igual la causa del dolor. Los leucocitos nunca se preocupan por conocer el tipo de cuchillo que ha abierto la herida: solamente combaten para cerrarla. En su novela Canciones de amor en Lolita’s Club, Juan Marsé extiende ante nuestros ojos un catálogo numeroso de personas que han sufrido traumas y amputaciones, que exhiben cicatrices (corporales o anímicas), que se curvan bajo el peso de mármol de las traiciones y la decepción: un policía en cuyo pasado burbujean varias congojas, que él trata de exorcizar acudiendo a la violencia, muchas veces incomprensible y abrupta; un discapacitado que se enamora sucesivamente de personas que tal vez no le convienen (aunque quién puede pontificar sobre el amor); varias prostitutas que, arrancadas de su mundo, han sido engañadas, vendidas y humilladas por organizaciones que las extorsionan; clientes que se acodan en la barra frente a una copa de alcohol o que instalan su barriga sudorosa ante una chica que se verá obligada a dibujar sonrisas profesionales y emitir gemidos espurios por un puñado de euros; unos asesinos que buscan a su víctima con implacable rigor y que disparan sus armas contra la cabeza del destinatario. Y, alrededor, música y luces que ambientan un local de atmósfera submarina, donde cada cual chapotea para no ahogarse, bebe para sonreír, baila para no dejar que el cerebro descubra o agrande la tristeza. A veces, el paraíso y el infierno son lugares muy parecidos, demasiado parecidos; y no queda claro si sus puertas conducen a la felicidad o a la desdicha.

Juan Marsé es un narrador formidable. No descubro nada repitiéndolo. Es otra de esas voces que siempre, de una forma u otra, te encandilan. Por eso me gusta bañarme en sus páginas y vuelvo a ellas periódicamente.

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