Cada
persona sobrelleva sus dolores de una forma distinta, y los alivia o los
intenta destruir utilizando estrategias tan inconscientes como variadas: el
llanto, el silencio, la furia, la soledad. Da igual la causa del dolor. Los
leucocitos nunca se preocupan por conocer el tipo de cuchillo que ha abierto la
herida: solamente combaten para cerrarla. En su novela Canciones de amor en
Lolita’s Club, Juan Marsé extiende ante nuestros ojos un catálogo numeroso
de personas que han sufrido traumas y amputaciones, que exhiben cicatrices
(corporales o anímicas), que se curvan bajo el peso de mármol de las traiciones
y la decepción: un policía en cuyo pasado burbujean varias congojas, que él
trata de exorcizar acudiendo a la violencia, muchas veces incomprensible y
abrupta; un discapacitado que se enamora sucesivamente de personas que tal vez
no le convienen (aunque quién puede pontificar sobre el amor); varias
prostitutas que, arrancadas de su mundo, han sido engañadas, vendidas y
humilladas por organizaciones que las extorsionan; clientes que se acodan en la
barra frente a una copa de alcohol o que instalan su barriga sudorosa ante una
chica que se verá obligada a dibujar sonrisas profesionales y emitir gemidos
espurios por un puñado de euros; unos asesinos que buscan a su víctima con
implacable rigor y que disparan sus armas contra la cabeza del destinatario. Y,
alrededor, música y luces que ambientan un local de atmósfera submarina, donde
cada cual chapotea para no ahogarse, bebe para sonreír, baila para no dejar que
el cerebro descubra o agrande la tristeza. A veces, el paraíso y el infierno
son lugares muy parecidos, demasiado parecidos; y no queda claro si sus puertas
conducen a la felicidad o a la desdicha.
Juan Marsé es un narrador formidable. No descubro nada repitiéndolo. Es otra de esas voces que siempre, de una forma u otra, te encandilan. Por eso me gusta bañarme en sus páginas y vuelvo a ellas periódicamente.

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