Cuando
suenan las campanadas de Nochevieja y se inicia el 1 de enero de 1939, pocas
personas tienen motivos para estar felices en un Madrid bombardeado y
hambriento, que vive los meses finales de la guerra civil. Pero esa tristeza no
preocupa a un hombre que se mueve con nerviosismo por las calles de la capital,
aferrado a un maletín. Su contenido, según se nos dice, lo convertirá pronto en
el hombre más poderoso del mundo. Por desgracia, unos atracadores lo
interceptan y se quedan con el sobre que transportaba, tras darle muerte. Un
par de meses después, quienes empiezan a ser asesinados son coleccionistas de
sellos a los que, en apariencia, no conecta ningún vínculo. El comisario Telmo
Vega, que se ocupa del caso, tendrá que descubrir qué se esconde tras esta
oleada de crímenes absolutamente desconcertantes.
Créanme si les digo que no puedo contar nada más (no me tiren de la lengua preguntándome por los detalles de cómo el general Francisco Franco muere en un atentado en 1937; o inquiriendo sobre la forma en que tres sellos falsos pueden cambiar la historia del mundo; o interrogándome sobre por qué razón la historia empieza tres veces): esta novela de César Mallorquí se sostiene sobre la magia de unas sorpresas tan anonadantes, tan inauditas, tan explosivas, tan inolvidables, que impiden cualquier resumen sin incurrir en la impertinencia. Así que abróchense los cinturones, suspendan los mecanismos de la incredulidad y déjense guiar por la mano narrativa del maestro. Da igual que se lea a César Mallorquí con quince o con sesenta años: siempre queda uno fascinado con sus obras. El coleccionista de sellos es otra demostración palmaria, que obtuvo los premios UPC (1995) y Gigamesh (1997).

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