Todos
sabemos (y quien no atesore ese conocimiento debería poner remedio a su
ignorancia cuanto antes) que el trabajo más duro del mundo es el que desarrolla
Papá Noel, porque ha de cubrir las ansias de regalos y satisfacer las ilusiones
de millones y millones de personas en el transcurso de una sola noche. Melchor,
Gaspar y Baltasar, al menos, son tres, y la cosa anda mejor repartida; pero lo
de Papá Noel es tan admirable como inconcebible. Todas sus horas de trabajo
son, rigurosamente, extraordinarias. Pero incluso los personajes como él están
sujetos a circunstancias que no pueden (ay) controlar, como ese inoportuno
dolor de muelas que le sobreviene la tarde del 24 de diciembre y que amenaza
con destruir todo el trabajo de sus duendes (que llevan un año fabricando
juguetes) y toda la ilusión de sus renos (que se preparan para el largo viaje
que los llevará por el mundo). Ningún dentista podrá acudir y curarlo en el
plazo de unas pocas horas. ¿Qué hacer, entonces? ¿A quién recurrir? ¿De qué
estrategias valerse para que los niños (y no tan niños) no queden
desilusionados en esa noche mágica?
Alfredo Gómez Cerdá, felizmente auxiliado en la parte gráfica con las maravillosas ilustraciones de Carmen García Iglesias, nos relata el modo en que Papá Noel logró resolver aquel peliagudo conflicto del que, hasta ahora, nadie había tenido noticia. Léanlo con sus hijos pequeños y miren sus caras. Oro puro para el recuerdo.

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