Sostener
que la infancia es nuestro paraíso perdido se me antoja un error. Sé que muchas
personas repiten o aplauden ese marbete, pero yo no creo en su verdad. Nunca lo
he hecho. No se pierde (no se pierde nunca) aquello que se guarda en la
memoria. Y la niñez constituye un territorio del que conservamos abundantes imágenes,
así que yo apostaría, más bien, por la fórmula “paraíso intacto”, porque creo
que refleja con más exactitud la idea central: que todos los amigos, los
paisajes, los familiares, las anécdotas de aquel tiempo se encuentran
congeladas e indestructibles en nuestra mente. Quizá ahora veamos envejecidos a
los compañeros de entonces, pero nos basta cerrar los ojos para recuperarlos
como eran, como siempre fueron, como siempre serán. Quizá visitemos las calles
de “cuando entonces” (preciosa fórmula de Juan Carlos Onetti, que Francisco
Umbral insistía en que era suya) y seamos incapaces de descubrir en ellas la
vejez digna que atesoraban, o las pobrezas que exhibían, pero sabemos que un
leve abatimiento de párpados nos permite recuperarlas sin cambios. El tiempo
pasado está posado.
Antonio
Garrido Hernández aborda en Espléndido naufragio un resumen de su ayer,
explicándonos que era zurdo; que pese a nacer y vivir en Tetuán no aprendió
árabe; que su padre organizaba batidas para cazar perdices y le administraba
“correazos saudíes” cuando, como niño, organizaba alguna barrabasada; que las
redes sociales le han permitido recuperar a algunos amigos de infancia; que la
niñez tiende a la exageración y construye ambientes hiperbólicos (“Aquella
acequia era nuestro Mississippi”); que su maestro don Luis era demasiado
propenso al uso de la palmeta; que se encandiló con el Barcelona de Kubala; que
sufrió la destemplanza climatológica durante su etapa burgalesa (“Todo el frío
que tenía que pasar antes de que se produzca una nueva glaciación lo pase
allí”). Y, sobre todo, nos habla de su voluntad de vivir, de vivir más, de
vivir intensamente (“He visto a mis queridos hijos Carlos y Valentina empezar a
tener canas, pues ahora quiero ver las canas de mis nietos y coger en brazos a
un bisnieto. Sí, eso quiero”). Da igual que ustedes o yo no participemos de los
paisajes o los nombres que invoca Antonio: sí que participamos (seguro) de su
voluntad de refrescar recuerdos, de convertirlos en tinta, de compartirlos con
aquellos que vienen a sucedernos. Por eso, este volumen lo ha escrito cada uno
de nosotros en su corazón, aunque la mano ejecutora sea la suya.
Y permítanme también que les recomiende esta obra empezando por la conclusión: tiene uno de los mejores párrafos finales de libro que he leído jamás, sin exageraciones. Lamento no copiárselo aquí, por respeto a la editorial y al autor, pero acepten mi consejo y acudan al tomo, para poder disfrutarlo. Merece la pena. O, mejor dicho, merece la alegría. Toda la alegría del mundo.

1 comentario:
Tienes toda la razón.
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