jueves, 9 de abril de 2026

Unas gafas de Pla


 

Nada más abrir este libro, nos dice el jienense Antonio Muñoz Molina que el ritmo de las películas de Eric Rhomer se caracteriza por su “lentitud vegetal” (p.11); y, en el último de sus textos, asegura que admira la “exactitud de cristalografía” (p.322) que tiene la prosa de Josep Pla. Creo que con esos ejemplos, que sirven como arranque y como conclusión de la obra, se entenderá perfectamente mi constante adoración por el escritor de Úbeda, quien busca y encuentra siempre el adjetivo, el sustantivo o el verbo más elegantes, lúcidos e inesperados, con el rigor de un tallista de diamantes. Lo puede comprobar cualquier persona que se adentre en sus libros: da igual que esté escribiendo relatos, novelas o artículos de prensa. Muñoz Molina no descuida jamás el estilo, la forma de la escritura, el léxico y la sintaxis. Eso lo convierte para mí en admirable ejemplo. Pero es que, además, comparto siempre el fondo de lo que dice: su moderación a la hora de juzgar, su templanza a la hora de definir, su disciplina de la gratitud (es un lector que guarda fidelidad amable a quienes lo han nutrido desde la infancia), su análisis calmado de todos los temas que aborda (desde el terrorismo hasta la envidia, desde el comercio de reliquias hasta la personalidad de los tiranos que han sembrado de muerte y barbarie el siglo XX). Y esa continencia prudente no la abandona ni siquiera cuando se defiende de los insultos que recibe o de las biliosas críticas que lo atacan por motivos extraliterarios (aquella penosa ocasión en que Camilo José Cela y sus palmeros lo atacaron con “mala leche profesional, conspiradora y bronquítica”, por creerse en posesión de todos los derechos para que nadie les hiciera sombra, Muñoz Molina se limita a responder: “Nos cabe la tranquilidad de que ninguno de nosotros es un genio, alivio grande en un país tan superpoblado de ellos”).

Añadamos un detalle más, para que se entienda lo agradable que ha sido leer Unas gafas de Pla (que me regaló Marta, mi mujer, con motivo de mi jubilación): es el libro más bello que he tenido nunca en las manos. Bello como objeto, quiero decir: ocho centímetros de alto, seis centímetros de ancho. Poco más que una caja antigua de cerillas. Pero qué caja, oigan. La tocaré de vez en cuando, por puro deleite sensual. Y le sugiero que se animen a hacer lo mismo.

1 comentario:

Elena Casero dijo...

Hermosa reseña. Incitadora a comprar ese libro