Opino,
como Antonio Muñoz Molina, que no existe desdoro en que un escritor trabaje
“por encargo”, siempre que empeñe en la tarea todo su pundonor. En esa línea,
nos explica que los textos que contiene el volumen Escrito en un instante
proceden de dos fuentes: los textos brevísimos (quince líneas) que le contrató
el rotativo Diario 16 en el año 1988 y los textos algo más largos (unas
cuarenta) que le sugirió Radio Nacional en 1992. Como amante de este tipo de
recopilaciones (sean de Javier Marías, de Arturo Pérez-Reverte o del propio
escritor de Úbeda), he disfrutado mucho con este tomo.
Condensados
en píldoras majestuosas, encontramos aquí los álbumes de cromos de la infancia,
las canciones de la radio, la importancia del azar en nuestras vidas, la gente
sin nombre que camina por las calles de la ciudad, la ignominia de un oficial
nazi que quiso borrar infructuosamente su pasado, la languidez y la furia de
los amores entre Elisabeth Taylor y Richard Burton, la sorprendente inanidad
cósmica de cada muerte humana, el anticipo de su futuro libro Sefarad
(“Noticias de Sión”), la vergüenza de haber sufrido la zafiedad bravucona del
23-F, el aroma decimonónico de la granadina Plaza de Bibrambla, su visión del
Viaducto (al que define como “temeridad cubista de Madrid”), la fealdad
inhóspita de los bares de carretera o la delicadísima pintura de su “Lisboa
paseada”.
Y,
por supuesto, la eterna elegancia expresiva de Antonio Muñoz Molina, tanto en
la descripción de ambientes (“La luz de la mañana suscita o enaltece una
disposición de transparencia”), de culpas (el bíblico Caín carga “una sorda
joroba de vileza”), del sosiego de los parques (“Como no hacer nada es una
tradición dominical y española de siglos el ejercicio de la pereza tiene la
madurez de un arte”) o del hilarante ensimismamiento de los culturistas
(“Parecen como arrobados por la perfección industrial de sus cuerpos”).
Sigo explorando los libros que aún no conocía del escritor de Úbeda e iré subiendo aquí mis opiniones. Lo adoro.

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