En
1986, un treintañero jienense llamado Antonio Muñoz Molina irrumpió en el
panorama novelístico español con su obra Beatus ille, un texto exigente,
inusualmente maduro y que revelaba un fascinante dominio de los resortes
literarios. La concesión del premio Ícaro no hizo sino ratificar lo que los
lectores más rápidos y sagaces descubrieron desde la primera de sus páginas:
que un portentoso narrador había llegado a la literatura. En 1987, ese mismo
treintañero publicó este libro, El invierno en Lisboa, un relato
jazzístico-policial de impecable factura y prolongada perfección que fue
sancionado con el premio de la Crítica y con el Nacional: la ansiada
confirmación de su excelencia no había tardado ni un año en producirse.
Recordemos
la historia que nos propuso en esta segunda entrega. Nos hallamos en San
Sebastián, en un local nocturno conocido como Lady Bird, regentado por Floro
Bloom. Allí toca el pianista Santiago Biralbo, que suele acompañar al
saxofonista Billy Swann. Entre el público se encuentra Lucrecia, una hermosa
mujer que acompaña a Malcolm, contrabandista de arte. Ella escucha fascinada a
Biralbo, quien termina también por obsesionarse con ella, aunque sepa que su
corazón (en apariencia) pertenece a otro hombre. Reparemos después en el más
bien inquietante Toussaints Morton, que revolotea alrededor de Malcolm, al que
lo unen turbios negocios relacionados con un cuadro de Cézanne. Unos años
después, estando ya en Madrid bajo el nombre de Giacomo Dolphin, Biralbo le va
contando fragmentos de su historia al narrador, que fue íntimo amigo suyo en la
época del Lady Bird. Ahora, añadan ustedes la música proteica del jazz, el
alcohol que las noches invitan a consumir, las nieblas de la ciudad de Lisboa,
paseos por callejones tan inquietantes como amenazadores y bastantes (quizá
demasiados) secretos, medias verdades y dolorosas mentiras. Pero, sobre todo,
añadan la prosa más excepcional que es concebible componer en idioma
castellano. Ya tienen El invierno en Lisboa. Ya tienen a Antonio Muñoz
Molina.
El resto se compone del silencio en que ustedes deben leer la obra, para no dejar que los ruidos exteriores los distraigan del fluir armónico de su sintaxis, de su léxico intenso, melancólico y exacto, de sus retratos anímicos inigualables. Les aseguro que la recompensa la degustarán en cada página, en cada párrafo, en cada frase. Y se convertirán (a mí me ocurrió) en seguidores y creyentes de esta religión llamada Antonio Muñoz Molina.

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