Varios
familiares están reunidos en el salón, bastante claustrofóbico, de una casa. Se
encuentran preocupados y nerviosos, porque una enferma está descansando en el
dormitorio contiguo e ignoran cuál pueda ser su evolución en las próximas
horas. “Cuando la enfermedad entra en una casa, siempre parece que hay un
extraño en la familia”, susurra el tío. El padre de la muchacha (un abuelo casi
ciego, que roza los ochenta años y que, en virtud de esa edad, se juzga que
“tiene derecho a ser un poco raro”) sospecha que los demás, para protegerlo, le
están ocultando información sobre su hija. Todos los ruidos le parecen
sospechosos, todos los silencios le parecen conspiraciones: ¿por qué nadie le
quiere decir la verdad? ¿Acaso es que su hija está muriendo y prefieren
apartarlo de ese dolor? Suspicaz, hipocondríaco, casi emparentado con el
Tiresias de Sófocles (“Ya veo que algo pasa”, dice, y el tío le replica: “En
ese caso, ve usted mejor que nosotros”), el abuelo se revuelve contra unos y
otros, pregunta, suplica, se alarma cuando le parece oír golpes en la puerta o
en la escalera. Finalmente, cuando llega por fin la intrusa, todos entran en el
dormitorio y lo dejan, desorientado y solo, en el salón.
Simbólica y poderosa, esta pieza del belga Maurice Maeterlinck (que leo en la traducción de María Jesús Pacheco) te mantiene en una constante tensión nerviosa hasta que, al final, revela sus cartas. Interesante.

No hay comentarios:
Publicar un comentario