Cuatro
fueron las “divagaciones” (así las califica el autor, Antonio Muñoz Molina) que
el público de la Fundación Juan March, en Madrid, tuvo la oportunidad de
escuchar durante el mes de enero de 1991. Y, dos años más tarde, quedaron
fijadas en el volumen La realidad de la ficción, publicada por
Renacimiento, con un cierto desaliño ortográfico. Anotaré unos pocos ejemplos,
con menos saña que tristeza: “Billie Hiliday”, p.13; “convinándose”, p.25;
“Frabrizio del Dongo”, p.35; “himnotice”, p.59; “pernuria”, p.60; etc. Por
fortuna, la claridad y la belleza con las que el escritor andaluz nos va
hablando de la construcción de la obra literaria, de los personajes, de la
elección del punto de vista o del lector nos permiten olvidar o al menos
equilibrar esos arañazos visuales que maltratan nuestras pupilas.
Accedemos,
nos dice, al mundo de la ficción desde la infancia, escuchando las historias
orales que nos cuentan, y eso estimula nuestra imaginación y amplía nuestra
curiosidad. Algunos adultos, después, desdeñan ese punto de partida; pero
“curiosamente, estas personas que desconfían tanto de las historias imaginarias
son las más proclives a embobarse con las formas más degradadas de la ficción,
y por no haberse creído las aventuras de don Quijote y del capitán Nemo acaban
tragándose no sólo los disparates de Rambo, sino los de los locutores de la
televisión”. Y unos pocos de esos adultos, que han conseguido afilar su sentido
de la observación (“Hay que saber mirar”) se convierten después en escritores.
Todos los seres humanos “somos una mezcla inquietante de realidad y de ficción,
de verdad y mentira, un precipitado de signos cuya fisonomía y carácter
dependen no de su propia identidad, sino del modo en que los elabora nuestra
mirada y nuestra imaginación”; y el escritor se esfuerza en destilar todos esos
elementos para construir edificios verbales y emocionales que perduren en el
corazón y la memoria de los demás.
Muñoz Molina, ilustrándolo con ejemplos de sus propias obras, nos habla del modo en que se elige el punto de vista, la voz del narrador, el nombre de los personajes o la estructura de la obra, y nos deja un volumen exquisito sobre la creación literaria, muy recomendable para escritores jóvenes, aunque cualquiera la pueda disfrutar con aplauso. Resulta imposible resumir una obra así: hay que subirse al bote y dejar que el remero nos vaya explicando el paisaje conforme nos desplazamos por el curso del río. Háganlo, por favor.

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