sábado, 30 de mayo de 2026

Un hombre en el zoológico

 


Tras haber leído y reseñado, hace seis meses, la curiosa novela De dama a zorro, de David Garnett, en la traducción de Enrique Murillo (https://rubencastillo.blogspot.com/2025/11/de-dama-zorro.html), acudo ahora a Un hombre en el zoológico, del mismo autor y del mismo traductor. Me vuelve a cautivar su forma de escribir y, sobre todo, su asombrosa facilidad para desarrollar ante nuestros ojos historias anonadantes. En este caso, todo parece que se inicia de un modo tranquilo, pero de inmediato deriva hacia el delirio. El joven John Cromartie, tras pedirle infructuosamente matrimonio a Josephine Lackett (que lo considera un egoísta por pretender que se centre sólo en él, desdeñando al resto de seres humanos), escribe a los responsables de los Jardines de la Sociedad Zoológica, ofreciéndose para ser enjaulado y expuesto de cara al público. Su propuesta, sorprendentemente, es aceptada. Una vez dentro, suscita una enorme curiosidad (en las personas que visitan el recinto) y muchos celos (en los demás animales, que perciben con ira el modo en que acapara la atención). Mientras fuma su pipa con perfecta calma británica, lee libros de Frazer y de Goethe. Y se inicia un tira y afloja entre él y Josephine. Ella lo visita y, sintiendo un profundo asco por la situación, decide que no repetirá la experiencia (“Hubiera sido una cobardía dejar de ir, no hubiese estado de acuerdo con mi personalidad. Pero sería una cobardía por mi parte ir otra vez. Sería una debilidad”, p.116). Pero sí que vuelve: fundamentalmente, para decirle que está loco. Eso a él le hace concebir ciertas ilusiones: estima que Josephine no se molestaría en insultarlo si le resultara indiferente. De todos modos, le hace saber a la chica que prefiere que no vuelva a visitarlo, y ella responde con gran dureza: “¡Que tú me prohíbes que venga! ¿No comprendes que estás aquí para que la gente te vea? Tanto yo como cualquier persona que pague un chelín puede venir y quedarse todo el día mirándote” (p.137). Pero luego modera la acrimonia de su discurso: “¿Cómo puedes pensar que quiero hacerte daño cuando si he venido a esta desdichada prisión en la que estás metido es porque te amo, y porque no puedo olvidarte a pesar de todo lo que has hecho con el solo propósito de herirme?” (p.138). Como ven, un juego psicológico y amoroso de curiosa textura.

Pero permítanme que no les aporte más detalles de esta novela, cuya espiral delirante sigue creciendo hasta la última página, pues no quiero estropearles el disfrute individual que de ella sin duda obtendrán. Permítanme, también, que no emita ninguna opinión sobre las posibles lecturas metafóricas del texto o sobre las “intenciones” que pudo tener Garnett cuando lo escribió. Todo eso, como siempre, deben decidirlo ustedes, en su calidad de lectores soberanos de la obra. A mí me ha cautivado.

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