Tras
haber leído y reseñado, hace seis meses, la curiosa novela De dama a zorro,
de David Garnett, en la traducción de Enrique Murillo (https://rubencastillo.blogspot.com/2025/11/de-dama-zorro.html), acudo
ahora a Un hombre en el zoológico, del mismo autor y del mismo
traductor. Me vuelve a cautivar su forma de escribir y, sobre todo, su
asombrosa facilidad para desarrollar ante nuestros ojos historias anonadantes.
En este caso, todo parece que se inicia de un modo tranquilo, pero de inmediato
deriva hacia el delirio. El joven John Cromartie, tras pedirle infructuosamente
matrimonio a Josephine Lackett (que lo considera un egoísta por pretender que
se centre sólo en él, desdeñando al resto de seres humanos), escribe a los
responsables de los Jardines de la Sociedad Zoológica, ofreciéndose para ser
enjaulado y expuesto de cara al público. Su propuesta, sorprendentemente, es
aceptada. Una vez dentro, suscita una enorme curiosidad (en las personas que
visitan el recinto) y muchos celos (en los demás animales, que perciben con ira
el modo en que acapara la atención). Mientras fuma su pipa con perfecta calma
británica, lee libros de Frazer y de Goethe. Y se inicia un tira y afloja entre
él y Josephine. Ella lo visita y, sintiendo un profundo asco por la situación,
decide que no repetirá la experiencia (“Hubiera sido una cobardía dejar de ir,
no hubiese estado de acuerdo con mi personalidad. Pero sería una cobardía por
mi parte ir otra vez. Sería una debilidad”, p.116). Pero sí que vuelve: fundamentalmente,
para decirle que está loco. Eso a él le hace concebir ciertas ilusiones: estima
que Josephine no se molestaría en insultarlo si le resultara indiferente. De
todos modos, le hace saber a la chica que prefiere que no vuelva a visitarlo, y
ella responde con gran dureza: “¡Que tú me prohíbes que venga! ¿No comprendes
que estás aquí para que la gente te vea? Tanto yo como cualquier persona que
pague un chelín puede venir y quedarse todo el día mirándote” (p.137). Pero
luego modera la acrimonia de su discurso: “¿Cómo puedes pensar que quiero
hacerte daño cuando si he venido a esta desdichada prisión en la que estás
metido es porque te amo, y porque no puedo olvidarte a pesar de todo lo que has
hecho con el solo propósito de herirme?” (p.138). Como ven, un juego
psicológico y amoroso de curiosa textura.
Pero permítanme que no les aporte más detalles de esta novela, cuya espiral delirante sigue creciendo hasta la última página, pues no quiero estropearles el disfrute individual que de ella sin duda obtendrán. Permítanme, también, que no emita ninguna opinión sobre las posibles lecturas metafóricas del texto o sobre las “intenciones” que pudo tener Garnett cuando lo escribió. Todo eso, como siempre, deben decidirlo ustedes, en su calidad de lectores soberanos de la obra. A mí me ha cautivado.

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