Déjenme
que los sitúe en la escena: nos hallamos en la lujosa terraza de una residencia
de verano. Allí, el afamado ladrón Miguel, el Melancólico, ultima con su
compinche Rufino los pormenores del robo que están a punto de perpetrar y que
les suministrará un cuantioso botín. Todos sus colaboradores piensan que con su
parte se podrán retirar, pero Miguel no participa de ese entusiasmo: él sólo se
alejaría del mundo delictivo si encontrase a una mujer especial, que fuese hermosa,
inocente (“Para que dejase de serlo a mi lado”) y también joven (“Para que me
durase más tiempo”). Y una joven de esas características es, precisamente, la
que sale a tomar el aire a la terraza: dice llamarse Herminia y, tras escuchar
a Miguel con cierto hastío, le explica que su vida ha sido muy turbulenta: ha
tenido tratos con delincuentes profesionales, ha estafado en partidas de
cartas, contrajo matrimonio con un norteamericano, ha sufrido reveses de la
Fortuna… Absorto y embriagado por sus palabras, Miguel piensa que ella podría
sumarse a su plan de robo, pero le espera una sorpresa morrocotuda cuando salga
también a la terraza doña Germana, la anfitriona de la fiesta.
Enrique Jardiel Poncela subtituló estas páginas “Novela para muchachas y para hombres tímidos”, pese a ser una obra teatral. ¿Por qué? Pues, esencialmente, porque le dio la gana. ¿Desde cuándo el genio se ha sujetado a las etiquetas de la tradición o de los críticos? Ustedes léanla y les aseguro que van a experimentar la fascinación más absoluta por el escritor madrileño. A mí me pasa con todas sus obras.

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