miércoles, 27 de mayo de 2026

Diez minutos antes de la medianoche

 


Déjenme que los sitúe en la escena: nos hallamos en la lujosa terraza de una residencia de verano. Allí, el afamado ladrón Miguel, el Melancólico, ultima con su compinche Rufino los pormenores del robo que están a punto de perpetrar y que les suministrará un cuantioso botín. Todos sus colaboradores piensan que con su parte se podrán retirar, pero Miguel no participa de ese entusiasmo: él sólo se alejaría del mundo delictivo si encontrase a una mujer especial, que fuese hermosa, inocente (“Para que dejase de serlo a mi lado”) y también joven (“Para que me durase más tiempo”). Y una joven de esas características es, precisamente, la que sale a tomar el aire a la terraza: dice llamarse Herminia y, tras escuchar a Miguel con cierto hastío, le explica que su vida ha sido muy turbulenta: ha tenido tratos con delincuentes profesionales, ha estafado en partidas de cartas, contrajo matrimonio con un norteamericano, ha sufrido reveses de la Fortuna… Absorto y embriagado por sus palabras, Miguel piensa que ella podría sumarse a su plan de robo, pero le espera una sorpresa morrocotuda cuando salga también a la terraza doña Germana, la anfitriona de la fiesta.

Enrique Jardiel Poncela subtituló estas páginas “Novela para muchachas y para hombres tímidos”, pese a ser una obra teatral. ¿Por qué? Pues, esencialmente, porque le dio la gana. ¿Desde cuándo el genio se ha sujetado a las etiquetas de la tradición o de los críticos? Ustedes léanla y les aseguro que van a experimentar la fascinación más absoluta por el escritor madrileño. A mí me pasa con todas sus obras.

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