No
estamos en el Londres victoriano, ni tampoco en las verdes campiñas de Gran
Bretaña, ni siquiera a finales del siglo XIX. No tenemos delante a Sherlock
Holmes y su ayudante el doctor Watson. Estamos en La Mancha, en un pueblo de
Ciudad Real llamado Tomelloso, en pleno siglo XX. Allí trabaja como jefe de la
guardia municipal Manuel González, al que todos conocen con el sobrenombre de
Plinio, quien se encuentra realmente en apuros porque, tras el asesinato de dos
meloneros en el otoño pasado, aparece en pleno agosto otra víctima. En todos
los casos, el modus operandi es idéntico: un navajazo firme y rotundo, dado por
la espalda, cerca del corazón. No hay sospechosos. El criminal no deja pistas
que permitan conducir a su detención. Las fuerzas vivas de la localidad (el
alcalde, el sargento de la guardia civil) presionan a Plinio para que resuelva
cuanto antes esa oleada de asesinatos; y él se devana los sesos con la ayuda de
su particular doctor Watson: el veterinario don Lotario. Para más inri, aparece
un cuarto cadáver, que presenta más navajazos de los habituales. ¿Está el escurridizo
asesino variando su método o quizá se trata de un imitador? Mientras reflexiona
y pasea por el pueblo, agobiado por la falta de pistas, Plinio recibe la
noticia de que el juez ha pedido ayuda a Ciudad Real, para que envíen a la
policía secreta. ¿Podrá resolver el caso, antes de que su profesionalidad y su
buen nombre sufran ese oprobio?
Con esta primera novela dedicada al personaje de Plinio (publicada en 1965), el escritor Francisco García Pavón iniciaba una serie de relatos que alcanzaría grandes éxitos de público y también de crítica (el premio de la Crítica o el Nadal recayeron en sendas aventuras del personaje), convirtiéndose en un icono de nuestras letras. Muy agradable primer paso, al que seguirán otros en este blog, no me cabe duda.

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