Si
a usted no le interesa lo que Arturo Pérez-Reverte opina sobre las cosas y las
personas (escritores, libros, política, etc) se puede ahorrar este tomo. Si le
interesa, adelante. Es legítimo no abrirlo, pero no es legítimo (porque revela
sandez) abrirlo para denigrarlo. A mí no se me ocurriría consultar un volumen
con los tuiteos de José Luis Martín Vigil, Fernando Vizcaíno Casas o Corín
Tellado, pero tampoco se me ocurriría hacerlo para despotricar contra sus personas
o sus opiniones. Temo que hayamos perdido buena parte de las hermosas virtudes
que rodean y adornan el respeto. En este volumen se habla de autores que adoro,
de autores que considero banales y de autores que ignoro (lógicamente); de
libros que me fascinan y de libros que me provocan aburrición (lógicamente)…
Pero si he aceptado gustoso el ejercicio de adentrarme en estas páginas es
porque muchas del autor cartagenero me han acompañado en los últimos años y
siento admiración por él. A despecho de quienes se apuntan a etiquetas o
aceptan criterios ajenos, yo prefiero leer al escritor X (sea quien sea)
para saber lo que opino sobre el escritor X.
Entiendo
que muchas de las páginas les puedan parecer, porque lo son, repetitivas
(consultas sobre la literatura relacionada con la guerra civil, gustos
literarios del autor, preguntas sobre sus obras), pero les animo a que se
adentren y sean perseverantes en la lectura; porque, cuando empiecen a pensar
que sería conveniente saltarse alguna página (o varias, porque el libro supera
las mil cuatrocientas), de pronto aparece la sorpresa de una fórmula curiosa (“A
Góngora la fuerza se le iba en perífrasis. Estilo sonajero”), o se descubre un
trallazo tan legítimo como contundente (“Amélie Nothomb me parece la
quintaesencia de lo inane en versión cursi”), o sonreirán con un tirabuzón
simpático (“Henry Miller a mí me gustó. Pero tampoco le pondría un piso”), o
saltará ante sus pupilas un desafecto literario (cuando habla de Los
detectives salvajes, del argentino Roberto Bolaño, utiliza este endecasílabo
demoledor: “Me aburrí como una cigala hervida”), o verán que emite una opinión
política con filo de bisturí (“Bruselas es una casta de golfos
autosatisfechos”).
Verán muchísima educación en las respuestas de Arturo Pérez-Reverte (quienes lo consideran desdeñoso, soberbio o brusco se van a llevar una sorpresa), leerán excelentes recomendaciones literarias (que les sugiero que apunten) y conocerán algunos detalles preciosos sobre el escritor (su afición por Tintín, la biblioteca familiar, su infancia o su hija). Preguntado por la vigencia y modernidad de los clásicos, el escritor responde: “Los grandes siempre son. Nunca fueron. Eso los diferencia de nosotros, los juntaletras provisionales. Servimos para ir tirando”. Para quitarse el sombrero, no me lo negarán. Anímense a quitárselo, como yo, durante el millar y medio de páginas del tomo. No se van a arrepentir.

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