sábado, 23 de mayo de 2026

La máquina del tiempo

 


Mi recuerdo de La máquina del tiempo, de H. G. Wells, no es literario, sino que se relaciona con el mundo del cine. En concreto, con la versión del libro que se estrenó en 1960, protagonizada por el apolíneo y eficaz Rod Taylor y por la bella y candorosa Yvette Mimieux. Me consta que hay otra de 2002, pero no he querido verla: los recuerdos de infancia tienen que ser protegidos. Ahora, medio siglo después de haberla visto en imágenes, la recorro en las letras originales de Wells, y descubro que existen muchos elementos de la obra que, en su transformación hacia el mundo de la imagen, cambiaron, se edulcoraron.

El protagonista, después de explicar a sus amigos con una metáfora sencilla el concepto de la cuarta dimensión (“He aquí el retrato de un hombre a los ocho años, otro a los quince, otro a los diecisiete, otro a los veintitrés, y así sucesivamente. Todas estas son sin duda secciones, por decirlo así, representaciones tridimensionales de su ser de cuatro dimensiones”), les explica que ha construido un prototipo que le permitirá explorar el pasado o el futuro, a su antojo; pero sus amigos se muestran renuentes a creerle (“Era uno de esos hombres demasiado inteligentes para ser creídos”). Este punto de partida será suficiente para imaginar o recordar lo que viene después: el inventor inglés se desplaza hasta el año 802.701, donde descubre que la especie de humana se ha dividido en dos bloques: en la superficie terrestre viven los Iloi, seres delgados, sonrosados, que visten con túnicas de color púrpura y que siempre sonríen, más bien indolentes, alimentándose con frutas y durmiendo en casas colectivas (el narrador piensa que puede tratarse de comunismo… o de decadencia, porque una civilización que haya dominado enfermedades y contratiempos tendería a la relajación o la consunción); pero también están los Morlocks, que viven en la zona del subsuelo y que parecen corresponder a una degeneración negativa de la especie: su lenguaje se antoja inarticulado, se mueven con torpeza, carecen de todo tipo de arte y se alimentan exclusivamente de carne.

Detalle curioso, que conecta película y libro: cuando el protagonista descubre la biblioteca de los Eloi y constata que los volúmenes se desmenuzan en polvo, fruto de la ignorancia y el desdén, en la cinta de 1960 estalla indignado, proclamando el valor universal de la cultura; en la novela, en cambio, se pregunta qué destino habrán sufrido “mis propios diecisiete trabajos sobre física óptica”. Un baño de realismo narcisista muy atinado por parte de Herbert George Wells.

Y no, no teman: no voy a contarles nada más, salvo que deberían adentrarse en la novela si ya han visto alguna versión cinematográfica, porque, lejos del simplismo de las imágenes, van a sorprenderse con su densidad filosófica, con sus análisis políticos y psicológicos sobre el ser humano e, incluso, con sus predicciones sobre el futuro de la humanidad, que solamente conseguirá salvarse gracias a los habitantes de… Huy, perdón, he dicho que no iba a desvelarles nada más. No me tiren de la lengua.

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