Mi
recuerdo de La máquina del tiempo, de H. G. Wells, no es literario, sino
que se relaciona con el mundo del cine. En concreto, con la versión del libro
que se estrenó en 1960, protagonizada por el apolíneo y eficaz Rod Taylor y por
la bella y candorosa Yvette Mimieux. Me consta que hay otra de 2002, pero no he
querido verla: los recuerdos de infancia tienen que ser protegidos. Ahora,
medio siglo después de haberla visto en imágenes, la recorro en las letras
originales de Wells, y descubro que existen muchos elementos de la obra que, en
su transformación hacia el mundo de la imagen, cambiaron, se edulcoraron.
El
protagonista, después de explicar a sus amigos con una metáfora sencilla el
concepto de la cuarta dimensión (“He aquí el retrato de un hombre a los ocho
años, otro a los quince, otro a los diecisiete, otro a los veintitrés, y así
sucesivamente. Todas estas son sin duda secciones, por decirlo así,
representaciones tridimensionales de su ser de cuatro dimensiones”), les
explica que ha construido un prototipo que le permitirá explorar el pasado o el
futuro, a su antojo; pero sus amigos se muestran renuentes a creerle (“Era uno
de esos hombres demasiado inteligentes para ser creídos”). Este punto de
partida será suficiente para imaginar o recordar lo que viene después: el
inventor inglés se desplaza hasta el año 802.701, donde descubre que la especie
de humana se ha dividido en dos bloques: en la superficie terrestre viven los
Iloi, seres delgados, sonrosados, que visten con túnicas de color púrpura y que
siempre sonríen, más bien indolentes, alimentándose con frutas y durmiendo en
casas colectivas (el narrador piensa que puede tratarse de comunismo… o de
decadencia, porque una civilización que haya dominado enfermedades y
contratiempos tendería a la relajación o la consunción); pero también están los
Morlocks, que viven en la zona del subsuelo y que parecen corresponder a una
degeneración negativa de la especie: su lenguaje se antoja inarticulado, se
mueven con torpeza, carecen de todo tipo de arte y se alimentan exclusivamente
de carne.
Detalle
curioso, que conecta película y libro: cuando el protagonista descubre la
biblioteca de los Eloi y constata que los volúmenes se desmenuzan en polvo,
fruto de la ignorancia y el desdén, en la cinta de 1960 estalla indignado,
proclamando el valor universal de la cultura; en la novela, en cambio, se
pregunta qué destino habrán sufrido “mis propios diecisiete trabajos sobre
física óptica”. Un baño de realismo narcisista muy atinado por parte de Herbert
George Wells.
Y no, no teman: no voy a contarles nada más, salvo que deberían adentrarse en la novela si ya han visto alguna versión cinematográfica, porque, lejos del simplismo de las imágenes, van a sorprenderse con su densidad filosófica, con sus análisis políticos y psicológicos sobre el ser humano e, incluso, con sus predicciones sobre el futuro de la humanidad, que solamente conseguirá salvarse gracias a los habitantes de… Huy, perdón, he dicho que no iba a desvelarles nada más. No me tiren de la lengua.

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