Sigo
explorando la obra poética de José Agustín Goytisolo y me detengo en las
páginas de Algo sucede, donde encuentro admirables composiciones, llenas
de ironía melancólica (como en “Por mi mala cabeza”, donde sugiere que quizá
algún día lleguen a descabezarlo, por su torpeza), de humor triste (véase
“Hombre de provecho”, que resulta imposible separar de la versión cantada por
Paco Ibáñez y en cuyos versos nos habla de los consejos que le dieron siempre
sus mayores para que se situase por encima de los demás y para que se alzase
“sobre los pobres y mezquinos / que no han sabido descollar”), de homenajes literarios
bellísimos (el que tributa a Rafael Alberti con motivo de su septuagésimo
cumpleaños; o esos heptasílabos pareados con rima asonante que redacta tras la
muerte de Carles Riba; o ese delicado recuerdo de la sonrisa eterna y generosa
del malagueño Vicente Aleixandre) o de críticas al avispado oportunista que
pretende vivir del cadáver del maestro, anhelando vindicarlo en exclusiva (“El
discípulo”).
Versátil a la hora de componer sus estrofas (José Agustín Goytisolo maneja una asombrosa polimetría, que convierte el libro en un abanico de posibilidades rítmicas), el poeta rememora aquellas viejas habitaciones que habitó, durante la infancia, la juventud y la madurez, y que ahora parecen hablarle con sus espejos y sus muebles nunca olvidados; recuerda sueños que le hacen revivir antiguos traumas que, provocándole risa durante la vigilia, lo asaltan y torturan por las noches; denuncia la publicidad omnipresente, que llena el mundo de ruido, imágenes estúpidas o erotizadas; compone una declaración de amor tan delicada como la que lleva por título “Tú tiemblas”; fija con palabras los recuerdos hermosos de la ciudad de Santander (“Días de luz”); recuerda las luchas ideológicas para que la libertad volviera a España (que muchos quizá consideren baldías, aunque añade: “Y sin embargo os digo que tenemos razón”); nos provoca un estremecimiento con el sobrecogedor poema “Nadie está solo”, donde nos sumerge bajo la piel de una persona torturada; y, sobre todo (permítanme que subraye una flaqueza personal), nos regala una sentencia que, bajo su sencillez, quizá sea insuperable: “Juega a la vida si estás vivo”. Tal vez en esas siete palabras se esconda el mayor consejo que se puede imaginar.

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