domingo, 3 de mayo de 2026

Sobre los ángeles

 


Me ha vuelto a ocurrir. Exactamente igual que cuando transité por sus versos en 1985 o 1986 (la época en que comencé mis estudios universitarios). Avanzaba por sus poemas y tenía la sensación de que una especie de viento me rodeaba, me aislaba, me zarandeaba. Un viento que daba vueltas y en el que yo me empeñaba en buscar significados, pero que solamente me daba (y no es poco) sensaciones. No quise, ni he querido ahora, leer las notas a pie de página que, sin duda espléndidas y sin duda enriquecedoras, acumula el galés Brian Morris: prefiero escuchar a Alberti y que sus palabras me digan o me oculten. Perderé matices y posibles significados, es evidente, pero seré el lector edénico, inicial, puro que quizá el gaditano buscaba.

En ese paseo desconcertado pero fervoroso he vislumbrado ángeles rabiosos, cenicientos, crueles, buenos; ángeles de incendio y venganza; ángeles de clamor y estruendo; ángeles envidiosos o colegiales; ángeles tontos o avaros; ángeles de carbón o de arena; ángeles mohosos o bélicos. Pero, sobre todo (permítanme un subrayado personal), ángeles muertos. Ese poema lo leí en un libro de literatura durante mi época como estudiante de bachillerato y, sin entender nada, me puso la piel de gallina. Esa sensación, que permaneció vívida en mí durante años, sigue vigente. Las imágenes de Sobre los ángeles son tan perturbadoras que se graban en la memoria y, periódicamente, vuelven a nosotros. “Llevaba una ciudad dentro”, afirma un verso de este libro. Esa ciudad, misteriosa e inquietante, hecha de palabras y de trallazos, me ha vuelto a perturbar con este segundo paseo. Tal vez no sea el último.

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