Un
libro es plenamente eficaz cuando consigue el objetivo que el autor o autora se
había marcado. Este reciente volumen de Care Santos (titulado Lunes y
que sirve como arranque de la saga “Laberinto”) lo es, porque durante su
lectura sientes que las palabras de la escritora barcelonesa, el desarrollo de
la historia y las reacciones de los personajes que en ella actúan te provocan
incomodidad. Es tan llano como contundente: te dejan muy mal cuerpo. Y puesto
que el objetivo consiste precisamente en eso, el éxito es absoluto.
Nos
encontramos en el hogar (a punto de ser vendido) donde viven Nayara y su
hermano Ferran, junto a su madre y el perro Gorro. El padre está en la cárcel,
por estafa. Desde el viernes (han pasado tres días), Nayara está más silenciosa
de lo habitual, más hosca de lo habitual, más reconcentrada y triste de lo
habitual. Al principio, parece el típico bache adolescente, ocasionado por
cualquier minucia, y que el tremendismo de la edad magnifica hasta dimensiones
catastróficas. Pero cuando empieza a insistir en la idea de considerarse un
estorbo, de sentir ganas de vomitar y de anhelar la muerte, se eriza la piel.
¿Qué ocurrió realmente antes del fin de semana? ¿Por qué está tan amargada, tan
hundida? Todo comenzará a aclararse (en realidad, a enturbiarse) cuando
en el instituto empiece a circular un vídeo asqueroso en el que cinco
mastuerzos (capitaneados por Enzo, el “novio” de Nayara) abusan de ella de un
modo nauseabundo. Ahí comenzamos a entender todo lo que burbujea en el corazón
y en el cerebro de la chica. Y también sentimos ganas de vomitar. Y también nos
quedamos hundidos, hasta el punto de no saber qué sentir con exactitud cuando
se produce una muerte a mitad de la obra.
Libro, como digo, incómodo, enervante, que Care Santos maneja con buen pulso y del que pronto conoceremos más entregas de estructura analéptica: sus títulos (Domingo, Sábado y Viernes) así invitan a imaginarlo. Les contaré entonces, pero me temo lo mejor. Y lo peor.

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