lunes, 4 de mayo de 2026

La intriga del funeral inconveniente


 

Pueden ustedes pasar a la sala donde está expuesto el cadáver, porque hay mucho sitio disponible. No teman apreturas ni sofocos. Se encontrarán allí con el encargado del tanatorio, con una mujer que llora aparatosamente, con un extraño personaje envuelto en una gabardina, con un expolicía y, sobre todo, con Ramoncito Valenzuela, que ha recibido el encargo de cubrir el funeral para su periódico, porque el muerto fue, al parecer, víctima de un crimen. Pero pronto comenzarán las sorpresas cuando Ramoncito sea amonestado acremente por el director del rotativo y, de inmediato, se le expulse del medio de comunicación. A partir de ese momento, toda su obsesión consistirá en descubrir por qué. ¿Quién es el muerto, cuya situación no convenía airear? ¿Quién lo asesinó? ¿Quién era el misterioso hombre de la gabardina? Hábil y zumbón, Eduardo Mendoza nos propone en La intriga del funeral inconveniente una trama surrealista, llena de meandros y sorpresas, donde se nos lleva por un laberinto lleno de niebla, que poco a poco se irá disipando (gracias al manejo de distintos puntos de vista narrativos y al uso de la analepsis) para dejarnos ver las motivaciones de los personajes.

¿Que van a disfrutar mucho con la historia? Por supuesto. ¿Que se van a reír con los disparates que el autor catalán maneja? Denlo por descontado. Les pongo solamente algunos ejemplos: esa chica que reconoce sus limitaciones físicas (“Soy un poco cegata y nunca llevo gafas en público, por coquetería. Sólo las uso para leer, y como soy analfabeta, pues no tengo gafas”); ese exinspector Rodríguez Jarana que explica a los testigos cómo va a actuar para resolver el caso (“Les tomaré declaración y a continuación se procederá al levantamiento del cadáver, que no es un deporte, como su nombre parece indicar, sino un trámite previsto en nuestro ordenamiento”); esa escena digna de los hermanos Marx que reúne en una habitación a un policía, un representante del obispado y un comercial telefónico llamado Winston; o esa Cándida que rechaza un pastel rancio que le ofrece don Moisés diciendo “Soy cirílica y no tolero a los lactantes”.

Un delirio narrativo de estas dimensiones solamente lo pueden mantener unos pocos novelistas. Y, desde luego, Eduardo Mendoza se encuentra entre ellos. Unas horas de diversión garantizadas.

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