Pueden
ustedes pasar a la sala donde está expuesto el cadáver, porque hay mucho sitio
disponible. No teman apreturas ni sofocos. Se encontrarán allí con el encargado
del tanatorio, con una mujer que llora aparatosamente, con un extraño personaje
envuelto en una gabardina, con un expolicía y, sobre todo, con Ramoncito
Valenzuela, que ha recibido el encargo de cubrir el funeral para su periódico,
porque el muerto fue, al parecer, víctima de un crimen. Pero pronto comenzarán
las sorpresas cuando Ramoncito sea amonestado acremente por el director del
rotativo y, de inmediato, se le expulse del medio de comunicación. A partir de
ese momento, toda su obsesión consistirá en descubrir por qué. ¿Quién es el
muerto, cuya situación no convenía airear? ¿Quién lo asesinó? ¿Quién era el
misterioso hombre de la gabardina? Hábil y zumbón, Eduardo Mendoza nos propone
en La intriga del funeral inconveniente una trama surrealista, llena de
meandros y sorpresas, donde se nos lleva por un laberinto lleno de niebla, que
poco a poco se irá disipando (gracias al manejo de distintos puntos de vista
narrativos y al uso de la analepsis) para dejarnos ver las motivaciones de los
personajes.
¿Que
van a disfrutar mucho con la historia? Por supuesto. ¿Que se van a reír con los
disparates que el autor catalán maneja? Denlo por descontado. Les pongo
solamente algunos ejemplos: esa chica que reconoce sus limitaciones físicas (“Soy
un poco cegata y nunca llevo gafas en público, por coquetería. Sólo las uso
para leer, y como soy analfabeta, pues no tengo gafas”); ese exinspector
Rodríguez Jarana que explica a los testigos cómo va a actuar para resolver el
caso (“Les tomaré declaración y a continuación se procederá al levantamiento
del cadáver, que no es un deporte, como su nombre parece indicar, sino un
trámite previsto en nuestro ordenamiento”); esa escena digna de los hermanos
Marx que reúne en una habitación a un policía, un representante del obispado y
un comercial telefónico llamado Winston; o esa Cándida que rechaza un pastel rancio
que le ofrece don Moisés diciendo “Soy cirílica y no tolero a los lactantes”.
Un delirio narrativo de estas dimensiones solamente lo pueden mantener unos pocos novelistas. Y, desde luego, Eduardo Mendoza se encuentra entre ellos. Unas horas de diversión garantizadas.

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