Todos
están ahí, esperando a que los conozcas: el dueño del bar rockero que, en su
juventud, tocaba el bajo y adora el jazz; el chico que interpreta con su banda
entusiastas versiones de otros artistas, para irse haciendo un nombre en el
mundo de la música (mientras trabaja interminablemente en un supermercado, en
turnos dobles, para pagar las facturas); el empleado que vive al pie de su
ordenador, creyendo que tarde o temprano se cumplirán sus sueños de ascender,
mientras su familia languidece de abandono; el vigilante de seguridad que busca
sin éxito al asesino de una muchacha que fue su novia, años atrás; el hijo de
una modista, que se empeña en cumplir la voluntad boscosa (quizá ilusoria o mal
interpretada) de su madre; el pequeño traficante de barrio, que no pasa por sus
mejores momentos; el legionario que ejerce como mula y que tiene un final
desagradable; policías corruptos que no se arredran a la hora de acometer
negocios lucrativos… Son vidas pequeñitas, grises, trastabilladas, nauseabundas
o insatisfactorias. Vidas como las que tenemos a nuestro alrededor (si
observamos con la debida perspicacia) o como las que, quizá, protagonizamos. La
memoria y una cierta dosis de fantasía (así lo explica el autor en el epílogo
del volumen) reúnen todos esos materiales para construir La cartografía
celeste.
Ismael
Orcero Marín, excelente entomólogo de la cotidianidad, sabe mirar y ver. Sabe
escrutar en el triste hondón de las vidas para extraer de ellas reflexión y
enseñanza. Y compone con cada una de ellas un relato que, como el hilo emanado
de una araña habilidosa, se une a otros para formar una red, cuyos nudos tienen
nombres perfectamente reconocibles: McCartney o Hard Saturday. Por eso nos
encontramos ante un libro de relatos, ante una novela y, también, ante un libro
de aforismos, donde se disecciona el mundo capitalista que nos rodea (“Después
de tanta lucha sindical y movimientos sociales a favor de los trabajadores, el
porvenir que se ganó con la batalla fue este. Un paraíso de bollería
industrial, petróleo traído de Oriente y horarios para satisfacer los deseos de
nuestra vida neoliberal a golpe de scroll en la web de Amazon”), en el
que se insertan nuestras horas y nuestros devenires, como lamenta uno de los
personajes de la obra (“Pienso en lo que es pasar por la vida de puntillas, en
un curro de ocho a dos y de tres a cinco de la tarde. Pienso en cómo las
maldiciones de los padres son heredadas por los hijos. Y pienso en cómo ya me
han buscado sitio en un taller como aprendiz, cuando deje el supermercado a
final de curso. Cada día, desayunando café soluble y malgastando cada momento
con las manos llenas de grasa”).
Lo he escrito, lo he repetido y lo volveré a repetir cuantas veces haga falta: Ismael Orcero es uno de los narradores más compactos y vigorosos que tenemos ahora mismo en el panorama narrativo. Esta nueva entrega lo ratifica y subraya, así que les aconsejo que lo visiten. Van a sentir la fascinación de una voz mayúscula.
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