Qué
fácil, qué terrible e inquietantemente fácil se pasa de ser héroe a ser
villano. Y al revés. Impulsados por arrebatos subjetivos (a veces viscerales),
los seres humanos tendemos a etiquetar a nuestros semejantes con una liviandad
que no suele resistir con galanura el paso del tiempo o la reflexión pausada.
Podríamos aducir (y no será necesario) innúmeros ejemplos a lo largo de la
historia. Mario Vargas Llosa se detiene en su obra El sueño del celta en
uno que oscila entre los dos polos de manera constante: el irlandés Roger
Casement. Fue un héroe para quienes descubrieron gracias a él las atrocidades
que el gobierno belga perpetraba en el Congo: abusos de poder por parte de las
fuerzas coloniales, esclavitud de los indígenas, torturas, amputaciones, miles
de asesinatos, vejaciones. Fue un traidor para quienes, creyendo la versión del
rey Leopoldo II y su corte de mercaderes avariciosos, juzgaban que se ponía de
parte de unos salvajes mentirosos. Volvió a ser un héroe para todos aquellos
indígenas del Putumayo ecuatoriano que, sometidos al despotismo brutal de la
Peruvian Amazon Company, fueron escuchados y defendidos por Roger Casement (sir
Roger), quien, con un informe valiente que elevó al Foreign Office, destapó el
mundo abominable de crímenes y corrupción que Julio César Arana había
instaurado en aquella zona del mundo. Volvió a convertirse en un traidor,
nuevamente, para todos aquellos europeos que vieron en sus denuncias un golpe inesperado
al espíritu empresarial capitalista. Por fin, volvió al estatus de héroe cuando
decidió convertirse en adalid de la lucha por la independencia de Irlanda,
aplastada por la bota inglesa y necesitada de un retorno a sus orígenes (la
lengua gaélica, sus viejas canciones, su gobierno propio, su religión
católica). Y se cerró el círculo de los vaivenes cuando, fracasada la
sublevación armada en 1916, Inglaterra decidió recluirlo en la cárcel y,
después, ahorcarlo. El descubrimiento de sus presuntos diarios, donde confesaba
algunas escabrosas aventuras homosexuales, no ayudó demasiado a su defensa.
Aproximándose a su figura con una abundante
documentación y con una prosa fascinante que recurre con brillantez a la
analepsis, Vargas Llosa reconstruye la vida de Roger Casement desde el final de
la misma (sus últimas semanas, que transcurrieron en Pentonville Prison) y nos
va desgranando sus grandezas y sus flaquezas, sus perplejidades y sus
convicciones: desde descubrir en África que no todos los seres humanos son
admirables, porque se dejan arrastrar por la avaricia (“¿Cómo era posible que
la colonización se hubiera convertido en esta horrible rapiña, en esta crueldad
vertiginosa en que gentes que se decían cristianas torturaran, mutilaran,
mataran a seres indefensos y los sometieran a crueldades tan atroces, incluidos
niños, ancianos? ¿No habíamos venido aquí los europeos a acabar con la trata y
a traer la religión de la caridad y la justicia?”, pp.106-107) hasta aplicar su
análisis humanitario a su propio país (“¿No era también Irlanda una colonia,
como el Congo? […] ¿No habían invadido los ingleses a Eire? ¿No la habían
incorporado al Imperio mediante la fuerza, sin consultar a los invadidos y
ocupados, tal como los belgas a los congoleses?”, p.110), en una deriva
política que no siempre fue entendida o compartida por sus amigos.
En un momento de esta caudalosa y perturbadora narración, el protagonista se formula un interrogante crucial: “¿Estaban justificados los sacrificios de esos veinte años africanos, los siete años en América del Sur, el año y pico en el corazón de las selvas amazónicas, el año y medio de soledad, enfermedad y frustraciones en Alemania?”. La respuesta es fácil y doble: la dignidad del ser humano (por un lado) y esta novela de Mario Vargas Llosa (por el otro) nos impulsan a responder que sí. Plenamente justificados.

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