lunes, 13 de abril de 2026

Falso movimiento

 


Recuerdo una película que vi hace muchísimos años. No guardo memoria del título, ni del argumento, pero estaba protagonizada (eso sí lo sé) por un personaje que, durante una noche entera, iba dando tumbos por la ciudad, adentrándose por callejones oscuros, visitando garitos infectos y deambulando por avenidas desangeladas. Se cruzaba con prostitutas, con posibles rufianes, con posibles drogadictos, con posibles locos. Al amanecer, volvía a su puesto de trabajo. Era algo así, muy surrealista y muy cenagoso. Te dejaba un evidente mal cuerpo. Y es una sensación que he recuperado desde las primeras cincuenta páginas de la novela Falso movimiento, de Alejandro Gándara: Fran, un abogado que defiende a mafiosos y que tuvo una juventud jaranera y alcohólica, busca ahora a su hija de quince años por las calles de Madrid. No sabe dónde está. Solamente tiene la nebulosa información de que ha salido con su novio Chapi y que desde hace varias horas debería estar en casa. Incapaz de convencerla para que vuelvan junto a su madre, Fran emprende con su hija una búsqueda extraña en busca de su novio, que los lleva por pensiones de mala muerte, suburbios llenos de basura y locales clandestinos. Sumidos en la fiebre de ese rastreo, Carlota verá con asombro cómo su padre incurre en allanamientos de morada, emplea los puños contra camareros poco dispuestos a colaborar, la abofetea, roba un vehículo haciendo un puente, compra droga para sonsacarle información al vendedor y, por fin, usa un nombre falso para penetrar en la guarida del lobo… “Toda la noche”, se lee en el capítulo 16, “había sido un viaje hacia lo que no conocía, pero que existía”. No les revelaré lo que sucede en las últimas páginas, pero les aconsejo que se preparen para todo, porque ni nos encontramos ante una novela juvenil (que aparezca en la colección Gran Angular de SM es chocante), ni tampoco ante un texto donde la violencia o la angustia sean adornos puramente argumentales. El capítulo final les va a permitir entender las motivaciones, más psicológicas que adrenalínicas, del personaje protagonista.

Gándara nos instala en un territorio hostil, vertiginoso, desagradable, por el que resulta muy incómodo transitar, pues nos saca de eso que algunos llaman “la zona de confort” y nos recuerda que hay otros mundos, ríspidos y vomitivos, no muy lejos de donde habitamos. Muy bien hecha, pero también muy desasosegante.

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