Recuerdo
una película que vi hace muchísimos años. No guardo memoria del título, ni del
argumento, pero estaba protagonizada (eso sí lo sé) por un personaje que,
durante una noche entera, iba dando tumbos por la ciudad, adentrándose por
callejones oscuros, visitando garitos infectos y deambulando por avenidas
desangeladas. Se cruzaba con prostitutas, con posibles rufianes, con posibles
drogadictos, con posibles locos. Al amanecer, volvía a su puesto de trabajo. Era
algo así, muy surrealista y muy cenagoso. Te dejaba un evidente mal cuerpo. Y
es una sensación que he recuperado desde las primeras cincuenta páginas de la
novela Falso movimiento, de Alejandro Gándara: Fran, un abogado que
defiende a mafiosos y que tuvo una juventud jaranera y alcohólica, busca ahora
a su hija de quince años por las calles de Madrid. No sabe dónde está.
Solamente tiene la nebulosa información de que ha salido con su novio Chapi y
que desde hace varias horas debería estar en casa. Incapaz de convencerla para
que vuelvan junto a su madre, Fran emprende con su hija una búsqueda extraña en
busca de su novio, que los lleva por pensiones de mala muerte, suburbios llenos
de basura y locales clandestinos. Sumidos en la fiebre de ese rastreo, Carlota
verá con asombro cómo su padre incurre en allanamientos de morada, emplea los
puños contra camareros poco dispuestos a colaborar, la abofetea, roba un
vehículo haciendo un puente, compra droga para sonsacarle información al
vendedor y, por fin, usa un nombre falso para penetrar en la guarida del lobo…
“Toda la noche”, se lee en el capítulo 16, “había sido un viaje hacia lo que no
conocía, pero que existía”. No les revelaré lo que sucede en las últimas
páginas, pero les aconsejo que se preparen para todo, porque ni nos encontramos
ante una novela juvenil (que aparezca en la colección Gran Angular de SM es
chocante), ni tampoco ante un texto donde la violencia o la angustia sean
adornos puramente argumentales. El capítulo final les va a permitir entender
las motivaciones, más psicológicas que adrenalínicas, del personaje
protagonista.
Gándara nos instala en un territorio hostil, vertiginoso, desagradable, por el que resulta muy incómodo transitar, pues nos saca de eso que algunos llaman “la zona de confort” y nos recuerda que hay otros mundos, ríspidos y vomitivos, no muy lejos de donde habitamos. Muy bien hecha, pero también muy desasosegante.

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