Tres
niños de unos diez años que juegan en las afueras de su pueblo encuentran,
semienterrado, un enigmático objeto de metal. Y, siendo tres las miradas que
recaen sobre el misterioso artefacto, tres son también las interpretaciones que
este suscita: Ying Tao cree que es un resto arqueológico; Juan Pablo opina que
se trata de un tesoro; Hamid lo sospecha una nave de origen extraterrestre. Pero
el juego que Jordi Sierra i Fabra diseña para este libro se enriquece cuando
descubrimos que Ying Tao, que vive en Asia y cuya familia trabaja en los
arrozales, explica que sus mejores amigos se llaman Hu San y Koiko; y cuando
descubrimos que Hamid, que vive en un territorio de Oriente Medio que ha sufrido
muchas guerras y muchos cambios fronterizos, indica que los suyos se llaman
Akim y Yaiza; y cuando descubrimos que Juan Pablo, habitante de una zona de
América Latina donde los paramilitares y la guerrilla se matan entre sí, tiene
como amigos a Edelmiro y Melinda. Es entonces cuando advertimos con admiración el
alto valor simbólico del relato. Estos niños son todos los niños. Su aldea es
cualquier aldea. La inocencia es cualquier inocencia. Y su amistad se llama
concordia.
El autor, con modestia encomiable, subtitula la obra con el rótulo de “Una fábula en tres dimensiones”; pero tampoco resultaría disparatado ampliar ese marbete para calificarla de “Una alegoría en cuatro dimensiones”, porque su lección fue verdad, es verdad y lo seguirá siendo en el futuro. Es decir, que su espíritu incorpora el tiempo. Da igual hacia dónde se dirija la mirada, da igual el rincón del mundo en el que fijemos los ojos: la barbarie, el horror, el sinsentido jamás tendrán justificación cuando sieguen vidas humanas. Así que esta narración de amistad, candor, ilusiones y sosiego adquiere un alto brillo mientras la leemos. Ahora bien, al lector le espera una gran pregunta, que recorre e ilumina toda la parte final de la novela: ¿cómo se convierte una bomba, terrible y destructora, en objeto de inspiración (Ying Tao), súplica (Hamid) o esperanza (Juan Pablo)? Esa parte, y discúlpenme si les dejo con la intriga, me gustaría que la descubriesen por sí mismos.

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