El
sogún Ashikaga Yoshimasa, que vivió y gobernó en Japón durante el siglo XV,
sufrió un percance que le resultó muy doloroso: vio cómo se rompía su cuenco
preferido. Ahora, en estos tiempos de usar y tirar, de ikeas, comercios chinos
y amazones, un accidente de ese calibre nos parece una frivolidad, pero al
mandatario nipón lo impulsó a solicitar la ayuda de un artesano que,
auxiliándose con resina de árbol y polvo de oro, lo reparó. A ese arte lo
conocemos ahora con el nombre de kintsugi, que quiere decir “carpintería
dorada”.
Lo
que nos cuenta Paloma Díaz-Mas en este libro es un suceso sin duda mucho más
doloroso, pero que entronca con el anterior: la muerte de su único hermano, que
ocurrió en plena pandemia del coronavirus. Nada más. Y nada menos. Una llamada
telefónica de su hermana le anunció lo que había sucedido: que lo encontraron sin
vida sentado en su sillón. Probablemente ni siquiera fue consciente de que
estaba muriendo. Al otro lado de las ventanas, un furioso vendaval de nieve; en
el silencio de la casa, sus gatos. A partir de ese punto, se inician las
ceremonias del tránsito: cursar aviso a las autoridades, decidir los pormenores
del funeral (cremación, en su caso), revisar las pertenencias del fallecido
para decidir qué se conserva y de qué se prescinde… Es decir, clausurar todos
los detalles materiales de una existencia mientras se sienten las
aflicciones, la congoja, el desgarro y la condición marmórea del final. Todos
los que hayan pasado por un trance parecido (y quién no lo ha hecho) saben de
sobra cuántas lágrimas, cuántos recuerdos, cuántas sorpresas melancólicas y
cuántas vacilaciones asaltan durante las siguientes semanas a quienes se
quedan.
Con paciencia, con infinito amor, con delicada ternura, la escritora aplica su resina y su polvo de oro narrativo para mostrarnos su cuenco-hermano, que nos emociona como si hablara de alguien de nuestra familia. Porque posiblemente lo esté haciendo. Muy bello.

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