Un
mismo destino une a los malos estudiantes y a los buenos novelistas: suspender.
Los primeros, porque su escaso caudal de conocimientos no les permite alcanzar
el éxito en los exámenes; los segundos, porque con la brillantez de su prosa
son capaces de anular en la mente del lector la sensación de tiempo y,
sacándolo de su circunstancia (como diría Ortega y Gasset), lo instalan
en otro ámbito. Pedro Antonio Martínez Robles, viejo conocido para quienes se
pasean por este blog, ha demostrado en Rimpianto que pertenece sin
ningún género de dudas al segundo bloque y que es un maestro a la hora de
suspender. Porque basta leer unas pocas páginas para que nos sintamos en un
mundo perdido, a la vez lejano y cercano, que el escritor de Calasparra quiere
recuperar a través de la especulación, de la memoria y del auxilio de unos
manuscritos (reales) guardados por el protagonista, Antonio Arcadio de la
Esperanza Robles Pérez, un tío suyo.
Volvemos
a la guerra civil de 1936 y encontramos allí a un muchacho que opta por
combatir al lado de la República y que, cuando el final de la contienda lo
impregna de derrota, debe salir de España y queda confinado en diversos
reductos de concentración en Francia. Nada excepcional en aquellos años. El
chico (y esto tampoco resulta excepcional) está enamorado de una muchacha
(Elena), con la que se comunica de forma dificultosa a través de cartas
tangenciales y más bien crípticas, que consiguen burlar a medias los mecanismos
de la censura postal. El aliento de ese amor lo mantiene vivo, le suministra
fuerzas para seguir, cifrándolo todo en una ilusión: poder reencontrarse con
ella y comenzar una vida juntos. Fíjense qué fácil. Fíjense qué humano. Fíjense
qué comprensible. Pero la crudeza de la situación española incluía padres
encarcelados, hermanos hambrientos y escasas posibilidades de salir adelante
para una mujer joven y bonita, salvo que aceptase ciertas salpicaduras que
implicaban la humillación y el bochorno, el descrédito y la ignominia. Si
quiere que el brillante abogado don Emilio Pagán libre de la cárcel a su
progenitor, Elena tendrá que aceptar miradas melosas, y manos en el hombro, y
piropos interesados, y llaves que no querría haber cogido. Lógicamente, las
noticias vuelan; y Antonio (quien sigue rodeado de alambradas en suelo francés)
sentirá el desgarro de la traición y de las lágrimas.
La
vida sigue, claro está, porque es su obligación terca, pero nada volverá a ser
lo mismo en el alma de Antonio, que paseará su desolación a lo largo de países
y décadas, incapaz de conseguir la dicha, hasta que su sobrino lo conozca en
1972, regresado de su exilio para morir en su casa natal, afectado por una
cirrosis hepática. Ese narrador (que no es otro que Pedro Antonio Martínez
Robles) dice que ha intentado con respecto a su tío “la reconstrucción de un
puzle, no tanto la que fue su vida, sino la que pudo ser y no fue” (p.225).
Exactamente es así. Dolorosamente es así. Porque la guerra civil (y también la
larga y cruda postguerra) fue eso: un escenario de millones de vidas
erosionadas, deshechas o heridas. Una larga y poliédrica humillación conformada
por miles de pequeñas humillaciones. Un largo silencio poblado de silencios.
Permítanme que calle aquí, y que les deje a ustedes adentrarse por sí mismos en esta brillante y cautivadora novela que los llevará hasta Labécède-Lauregais, hasta Castelnaudary, hasta Agde, hasta Céret; que los llevará a conocer a doña Úrsula (la Vieja Loba), a don Rómulo Vergara, a Panadés, a Marcela, a Renée; que los moverá a la rabia, la compasión, la tristeza y la melancolía; que les permitirá sentir frío, bajar por silenciosas escaleras de caracol, leer viejos cuadernos y respetar el silencio de ancianas que recuerdan. Verán ustedes el modo en que muchas personas y familias pasaron en aquel tiempo “de la promesa de una incipiente felicidad a la atrocidad desoladora de ver el futuro teñido del negro más absoluto” (p.286); y comprenderán por qué el autor dice que lleva años sintiendo con respecto a esta historia “una sensación de deuda familiar y afectiva que me creo en la obligación de saldar” (p.379). Rimpianto es un libro majestuoso e inolvidable, que nos reconcilia con las historias terribles, verdaderas y amargas que tienen que ser contadas y que tienen que ser leídas.

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