domingo, 5 de abril de 2026

El hijo del acordeonista

 


Es una vieja lista de nombres que David Imaz lee en un cuaderno, donde aparece la imagen de un gorila: “Humberto, Goena el viejo, Goena el joven, Eusebio, Otero, Portaburu, los maestros y el americano”. Podemos leerla en la página 159 de esta novela; pero también en la 161, y en la 163, y en la 166, y en la 168, y en la 179, y en la 182, y en la 194, y en la… ¿Es realmente necesario que continúe? Sospecho que la idea queda bastante clara: ese agrio martilleo de nombres reproduce el martilleo que se repite también al leerlos en la mente de David, el hijo del acordeonista. Porque, según ha podido saber, son las personas que fueron fusiladas en Obaba al comienzo de la guerra civil de 1936. Y el cuaderno donde están anotados los nombres perteneció a su padre, que ahora es amigo y socio de los fascistas que ganaron la guerra. El muchacho apenas puede tragar saliva: ¿acaso su progenitor fue cómplice de aquella iniquidad? ¿O directamente fue un asesino?

Convertido ahora en padre de familia, y viviendo en el rancho de Stoneham (en California), David recibe la visita de un viejo amigo de infancia, Joseba, que es escritor, y pone en sus manos un texto que ha ido componiendo lentamente. En él reconstruye buena parte de su pasado: los paisajes de Obaba, sus amores de juventud, su compromiso con el mundo independentista vasco, las personas que lo rodearon en aquel mundo de “campesinos felices”, su relación con las fuerzas vivas del pueblo (Berlino, el coronel Degrela) y, sobre todo, los enigmas que en aquel tiempo quedaron sin resolver. Joseba recibirá esas páginas y, si así lo estima oportuno, podrá retocar algunos de sus aspectos para convertirlas en un libro, en el agridulce memorándum de un mundo y de una época que los marcaron indeleblemente. Con la experiencia que tiene desde que compuso su primera obra (con el seudónimo de “Garmendia”), seguro que el resultado es magnífico. En ello confía también la esposa de David, Mary Ann.

En El hijo del acordeonista, el guipuzcoano Bernardo Atxaga nos ofrece un bello (y también recio) dibujo del País Vasco de los años sesenta y setenta, contemplado desde las pupilas rurales de unos jóvenes que quisieron cambiar su entorno y que se enfrentaron a los mil dilemas (morales, sentimentales, políticos) que ese afán les procuraba. Y si recordamos que el verdadero nombre de Bernardo Atxaga es Joseba y que su apellido materno es Garmendia tendremos, además, suficientes motivos para sospechar que buena parte de los recuerdos, anécdotas e incluso personajes de esta obra pudieran estar inspirados en la realidad que vivió en su infancia y su juventud. Melancolía, ternura, tristeza y humor enriquecen con sus colores esta novela, absolutamente recomendable.

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