martes, 21 de abril de 2026

De cómo los turcos descubrieron América

 


Propone el brasileño Jorge Amado tres títulos posibles para esta obra. El primero es Los esponsales de Adma (que es el que, ciertamente, abre la narración); el segundo es De cómo los turcos descubrieron América (que figura en la cubierta del volumen); el tercero es De cómo el árabe Jamil Bichara, desbravador de selvas, de visita en la ciudad de Itabuna para aliviar tristezas, ganó allí fortuna y casamiento. Huelga decir que, con tan jocoso como desconcertante preámbulo, el lector se prepara para adentrarse en un relato donde el humor ocupe parte principal. Y así es. Pero (conviene advertirlo, en los tiempos actuales) también es un relato donde la “corrección política” brilla por su ausencia, porque se habla de hombres que salen de noche para frecuentar prostitutas, de la necesidad de mantener a las esposas a raya con un par de tortas a tiempo y de otras nociones que, lógicamente, no forman parte de lo más admirable del género humano. No obstante, insisto (como hace Jorge Amado) en la idea del humor como base de la narración: nos encontramos en un territorio alígero y bromista. Quien sea incapaz de aceptar ese punto de vista hará bien en no adentrarse en la obra.

Su eje argumental nos presenta a Raduan Murad, un fullero que llegó a Brasil en 1903 y que rehúye escrupulosamente toda actividad laboral, porque la base de su economía son los naipes (“No había trabajador más asiduo y puntual en mesas de póquer o de cualquier otro juego”, cap.2). Para ayudar a su amigo Ibrahim Jafet, dueño de un comercio que vive amargado por la destemplanza de su feísima hija Adma, planea convencer a su compadre Jamil Bichara para que acepte casarse con ella, a cambio de convertirse en el nuevo dueño del negocio de Jafet. Jamil, que es un hombre extremadamente aficionado a las mujeres con “tetas pequeñas, culos grandes, el pitisús prieto y cálido” (cap.3), se aviene a conocer a la muchacha, porque el negocio matrimonial puede resultar lucrativo. Y queda impactado negativamente por ella. “Feúcha, pero simpática, activa en el cuidado de la casa, gentil y atenta, de amena conversación; en definitiva: una solterona afable, cuyo único defecto fuera no ser bonita. Eso había pensado, pero se encontró con una estantigua, un adefesio de cara avinagrada y peores modos” (cap.12). Así que, para moderar tanto su amarga condición como su poca templanza, Jamil calibra que “Adma, para curarse, precisaba de inmediato los dos remedios, el rabo y una buena tunda, en dosis generosas” (cap.13). Aunque, viendo lo horrenda y áspera que es, quizá lo mejor sea aplicarle “poco badajo y mucho vergajo” (cap.14).

Imagino que, a estas alturas, ciertas personas que estén leyendo la reseña habrán fruncido el ceño y otras habrán sonreído. Les aconsejo que hagan lo segundo: es (lo repito y lo subrayo) un texto de humor, no un tratado de buenas costumbres. Jorge Amado no pretende aplaudir estos comportamientos, sino utilizarlos como base para un relato que, en su final, volverá a sorprendernos con más rizos de humor, hasta que todos los protagonistas (todos, sin faltar uno, se lo aseguro) queden felices y sonrientes.

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