Traten
de situarse en el inicio del año 2021. Si su memoria es buena, recordarán que muy
pocas horas después del día de Reyes, una borrasca descomunal (a la que
tuvieron la ocurrencia o la pachorra de ponerle el nombre de Filomena) penetró
en la península ibérica y ocasionó fortísimas nevadas. Lo que no sé si saben es
que un grupo de personas quedó aislado en un hotel rural y, para distraer el
paso de las horas, decidieron contarse historias las unas a las otras. Así
arranca el último libro de Luis Landero, que se titula Coloquio de invierno
y que reconoce desde sus primeras líneas el entronque y la deuda con el Decamerón
de Giovanni Boccaccio, pero que se diferencia del modelo italiano en la
cohesión que los diálogos de los personajes generan, hasta convertir el
conjunto en una novela, y no en meros relatos con marco.
Algunos
de los protagonistas se adscriben al juego con más entusiasmo; otros, con más
renuencia. Unos son más verbosos; otros se decantan por el laconismo. Pero la
magia del buen narrar (esa que siempre exhibe Landero) preside todas las
páginas y nos encandila. El doctor León nos deleita con la tormentosa relación
entre Monroy y don Claudio, en medio de los cuales se encuentra Valeria. El
ferroviario Orozco nos explica con detalle cómo, el mismo día de su boda, se
vio inmerso en una situación extrañísima, a la que se aferró para no contraer
matrimonio. Tomás, periodista, nos cuenta cómo conoció a un hombre que, tras
años de “normalidad” (social, laboral, doméstica), dio en la inesperada idea de
abandonarlo todo e instalarse en un banco público, con un perro, al modo de los
mendigos urbanos. Otro de los narradores provocará nuestras carcajadas cuando
nos ofrezca el relato de aquel hombre que, sentado en su lecho nupcial tras la
celebración de sus esponsales, emitió para sorpresa de su esposa tan estruendoso
y desgarrador pedo que, abochornado, provocó su huida hacia La India.
El personaje de Santos lo resume muy bien, casi al final de la obra: “Todas las historias que hemos contado, sean o no de amor, tratan de lo mismo, de la entrecana zona media y de cómo la vida está hecha de momentos”. Es verdad. La conclusión es esa: que nuestras vidas se vertebran sobre dos o tres episodios (el número puede ser mayor) que nos conformaron como somos y que determinan nuestro carácter, nuestro destino. Esos puntos de inflexión pueden ser gozosos o lamentables, tristes o alegres, dignos o viles, voluntarios o inconscientes; pero constituyen jalones en nuestro vivir. Landero, vertiginosamente brillante en su prosa, también demuestra serlo en su percepción sobre el ser humano.

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