martes, 7 de abril de 2026

Coloquio de invierno

 


Traten de situarse en el inicio del año 2021. Si su memoria es buena, recordarán que muy pocas horas después del día de Reyes, una borrasca descomunal (a la que tuvieron la ocurrencia o la pachorra de ponerle el nombre de Filomena) penetró en la península ibérica y ocasionó fortísimas nevadas. Lo que no sé si saben es que un grupo de personas quedó aislado en un hotel rural y, para distraer el paso de las horas, decidieron contarse historias las unas a las otras. Así arranca el último libro de Luis Landero, que se titula Coloquio de invierno y que reconoce desde sus primeras líneas el entronque y la deuda con el Decamerón de Giovanni Boccaccio, pero que se diferencia del modelo italiano en la cohesión que los diálogos de los personajes generan, hasta convertir el conjunto en una novela, y no en meros relatos con marco.

Algunos de los protagonistas se adscriben al juego con más entusiasmo; otros, con más renuencia. Unos son más verbosos; otros se decantan por el laconismo. Pero la magia del buen narrar (esa que siempre exhibe Landero) preside todas las páginas y nos encandila. El doctor León nos deleita con la tormentosa relación entre Monroy y don Claudio, en medio de los cuales se encuentra Valeria. El ferroviario Orozco nos explica con detalle cómo, el mismo día de su boda, se vio inmerso en una situación extrañísima, a la que se aferró para no contraer matrimonio. Tomás, periodista, nos cuenta cómo conoció a un hombre que, tras años de “normalidad” (social, laboral, doméstica), dio en la inesperada idea de abandonarlo todo e instalarse en un banco público, con un perro, al modo de los mendigos urbanos. Otro de los narradores provocará nuestras carcajadas cuando nos ofrezca el relato de aquel hombre que, sentado en su lecho nupcial tras la celebración de sus esponsales, emitió para sorpresa de su esposa tan estruendoso y desgarrador pedo que, abochornado, provocó su huida hacia La India.

El personaje de Santos lo resume muy bien, casi al final de la obra: “Todas las historias que hemos contado, sean o no de amor, tratan de lo mismo, de la entrecana zona media y de cómo la vida está hecha de momentos”. Es verdad. La conclusión es esa: que nuestras vidas se vertebran sobre dos o tres episodios (el número puede ser mayor) que nos conformaron como somos y que determinan nuestro carácter, nuestro destino. Esos puntos de inflexión pueden ser gozosos o lamentables, tristes o alegres, dignos o viles, voluntarios o inconscientes; pero constituyen jalones en nuestro vivir. Landero, vertiginosamente brillante en su prosa, también demuestra serlo en su percepción sobre el ser humano.

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