Me
acerco hasta el territorio poético de José Agustín Goytisolo para leer su obra Salmos
al viento, ceremonia que cumplo en voz alta, como me gusta hacer con los
versos. Y qué excelente trabajo. He sentido en cada página la inteligencia y la
sensibilidad del barcelonés, que ha ido conquistándome texto a texto, línea a
línea. He admirado (y compartido) el irónico ataque a los poetas que, acabada
la guerra, decidieron que todo debía impregnarse de Garcilaso, de ríos
rumorosos, y que cuando el tema no dio más de sí se dedicaron a hablar de Dios,
mientras que José Agustín prefiere (así lo deja claro) alinearse con quienes
“lanzan gritos pidiendo paz pidiendo patria / pidiendo aire verdadero” (Los
celestiales). He aplaudido su sarcástico retrato del hombre poderoso, cuyo
reino sí es de este mundo, donde él asienta sus “posaderas recias y bursátiles”
(Apología del libre). He celebrado el modo en que ridiculiza el amor,
entendido como ceremonia gris y reglamentada, con normas dictadas por la
gazmoña moral imperante (Idilio y marcha nupcial). He apretado los
dientes cuando nos habla de esos jóvenes de buena familia y comportamiento
irreprochable que, pese a algún disculpable desliz momentáneo (fruto del ardor
juvenil), terminan volviendo al sano redil burgués, como manda don Guido (El
hijo pródigo). He notado la tristeza cuando sonaban los disparos que acaban
con la vida de quien clama contra los poderosos y les recuerda la importancia
pequeñita del ser humano (El profeta). He esbozado una sonrisa cómplice
cuando nos repite, una y otra vez, el sintagma que tantas veces le dijeron
sobre su inutilidad (Autobiografía). Y, por supuesto, he notado la
saliva atascada en la garganta mientras ese incauto joven nos habla de su
fervor marcial, dirigido por los manipuladores de siempre, por los ambiciosos
de arriba, que inyectan odios y detentan banderas para cumplir sus objetivos (Tríptico
del soldadito).
Gran libro. Gran voz. Un poeta que nos habló y que espera nuestros ojos para seguirnos hablándonos.

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