Si
leo en voz alta un libro de Mario Benedetti (como acabo de hacer con Poemas
del hoyporhoy), dejando un minuto de silencio entre texto y texto, la
mañana de jubilación se convierte en una mañana de júbilo. Creo que voy a
repetir esa grata sensación muchas veces más, en los próximos meses, con él y
con otros (y otras) poetas.
El
volumen que acabo de terminar (compuesto entre 1958 y 1961) nos traslada
reflexiones sobre la precariedad que siempre acongoja a los pobres (“La
crisis”), sobre la feliz holganza consuetudinaria en que viven los
privilegiados (“Los pitucos”), sobre la manipulación descarada y mentirosa que
sirve para ganar elecciones (“Ese voto”), sobre las oraciones que no deberían
quedarse en meros ejercicios de amnesia y resignación (“Un padrenuestro
latinoamericano”) o sobre la amarga incomunicación que a veces dejamos que
impregne las relaciones con nuestros semejantes (“Cinco veces triste”). Aprendo
mucho con los poemas del uruguayo. Me emociono mucho con su sencillez y con el
tono coloquial que sabe imprimir a sus versos, huérfanos casi siempre de
puntuación. En su caso, se hace notoriamente verdad aquello que pregonaba
Francisco de Quevedo: que escucho con los ojos a un muerto, porque tengo la
sensación (fortísima, casi física) de que Benedetti me está hablando, que me dice
sus palabras, que las susurra para mí.
Insisto: repetiré con más título del uruguayo. Llevo haciéndolo tres décadas; y ahora que dispongo de más tiempo, con más razón.

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