sábado, 20 de julio de 2019

Mujeres de otoño




Ocho historias, muy bien contadas. A veces, el secreto de un gran libro de relatos se aposenta en un resumen tan fácil (tan arduo, tan infrecuente) como éste. Y es que Isabel Martínez Barquero ha logrado conducir su prosa, ha sabido organizar sus argumentos y ha sabido esculpir a sus protagonistas con un exquisito rigor para que el resultado final quede en la memoria y en el corazón de los lectores.
En estas páginas delicadas y eficaces nos muestra a mujeres que sufrieron en su juventud el escarnio de la infidelidad y que luego se resarcieron de un modo tan exhaustivo como confortable (“La señorita Clara”); a chicas que comprenden el profundo error vital en el que viven sus madres, obcecadas en ocupar el podio del triunfo, sin entender que ellas opten por otros mecanismos para alcanzar la dicha (“La huella del éxito”); a empleadas de fábrica que, hartas de la rutina laboral, de la hipocresía de sus compañeros y de la mezquindad de sus jefes, deciden desviarse del sendero trazado (“La ciudad escondida”); a mujeres maduras que observan con languidez triste cómo sus maridos ya no experimentan por ellas ni pasión ni entusiasmo (“Tibieza”); o a esposas que tienen que sobrellevar con humor, paciencia y cariño, las manías domésticas que, después de haber sufrido un ictus, asaltan a sus compañeros (“La felicidad apresada”).
Y, como cierre del volumen, una excepcional delicatessen que lleva por título “La última representación” y que se centra en Manolo, un artista envejecido y pasado de peso al que expulsan sin contemplaciones de su trabajo como cantante por su deterioro físico. El lector acaba con un nudo en la garganta y con lágrimas en los ojos durante la página final.
En suma, otra magnífica muestra del buen hacer narrativo de Isabel Martínez Barquero, que jamás defrauda.

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