Nunca
he desdeñado los libros de pura evasión. Creo que son necesarios, útiles y
refrescantes. Y no lo digo con condescendencia, sino con respeto: estimo que
esas obras cumplen una hermosa misión de entretenimiento, magia y emociones que
a mí me parece digna de aplauso. Son los Indiana Jones de la literatura, con
todo lo que eso implica: yo no me hice lector con Proust o con Joyce, sino con
Agatha Christie y Enid Blyton. Supongo que se me entiende. Estos últimos días
he tenido la oportunidad de refrescar ese entusiasmo con la novela Dolmen,
de Manuel Pimentel, que empieza de una forma espectacular: a punto de iniciarse
las labores de prospección arqueológica del Dolmen de la Pastora, en Valencina
de la Concepción, uno de los participantes es brutalmente asesinado en su
propia casa: le han extraído los ojos, le han cortado la lengua, lo han
emasculado y, cuando aún se encontraba con vida (eso concluyen los forenses),
le han abierto el pecho, le han extraído el corazón y, después de morderlo, lo
han depositado en un vaso ceremonial. Imagino que, a estas alturas, la persona
que esté leyendo la reseña habrá experimentado un espeluzno, pero le adelanto
que se trata solamente de un pequeño preámbulo, porque pronto empiezan a
encadenarse otras muertes igual de atroces que parecen organizadas alrededor de
una mujer: la arqueóloga Artafi, quien no acierta a explicarse por qué muchos
de quienes se acercan a ella acaban tan salvajemente descuartizados.
Con
pulso más que firme, Manuel Pimentel nos presenta aquí una cartografía
sorprendente (y fidedigna) de espacios megalíticos por el sur de España, con
sus dólmenes, sus menhires y con crómlechs, que sugieren un pasado de extrañas
liturgias (todavía desconocidas para los investigadores, quienes se limitan a
sugerir conjeturas) y que sirven al escritor sevillano para construir una trama
novelesca llena de rituales sangrientos, giros sorprendentes y personajes
ambiguos, donde las culpabilidades y las inocencias fluctúan tan rápida como
inquietantemente (“En el juego de espejos deformantes en el que me veía
envuelta, donde nada era lo que parecía, se pasa de héroe a villano sin
solución de continuidad”) y donde lo detectivesco y lo macabro se funden de una
manera tan perfecta que consigue absorber al lector desde las primeras páginas.
Una novela que explora, además, un miedo perturbador: ¿qué ocurre si, en medio
de un aquelarre de crímenes y mutilaciones, todos (incluidos tu padre y tu
madre, tu mejor amiga, tus mentores, tus compañeros, hasta los policías) son
sospechosos? ¿De quién te puedes fiar? ¿En qué brazos puedes abandonarte? ¿Tras
qué sonrisa se esconde un asesino implacable? Pura adrenalina. Puro horror.
Recuerdo que, tras la lectura de El librero de la Atlántida (https://rubencastillo.blogspot.com/2018/04/el-librero-de-la-atlantida.html), manifesté mis suspicacias por el desaliño formal de la obra y por la inconsistencia de sus diálogos. Ocho años después, he decidido dar una segunda oportunidad a este escritor y me alegra haber acertado: Dolmen me ha parecido absolutamente fascinante. Habrá un tercer acercamiento.

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