Como en todos los volúmenes donde se
recopilan artículos de prensa, en este Don de gentes, de Elvira Lindo,
se alinean infinidad de asuntos, tan heterogéneos como sugestivos: el nuevo
modelo de masculinidad que emana de la serie Los Soprano; la admiración
que siente por actores como Jeff Bridges, Rafaela Aparicio, Manuel Aleixandre o
Katherine Hepburn; el aburrimiento de que las estrellas de cine o los políticos
de renombre ya no acepten más entrevistas que las pactadas; su tristeza por la
muerte de José Luis López Vázquez, al que Charles Chaplin consideraba el mejor
actor del mundo (“El recuerdo que deja un viejo cómico está amarrado al de
nuestra propia vida”); maravillas irónicas
en las que aboga por líneas de autobuses que vayan llevando a los opinadores
profesionales de un plató a otro, porque “el verdadero contertulio es el que
tiene tres tertulias de media al día. Con menos de eso eres un desgraciao”; su
estupor irónico al ser considerada “favorita” para ganar un premio Planeta al
que no se ha presentado; su entusiasmo por las novelas de Simenon; su rechazo a
que se manipulen los cuentos infantiles tradicionales para adaptarlos a la
“modernidad” ñoña y políticamente correcta (“Los cuentos clásicos están hechos
de acero, han soportado el paso del tiempo, adiestran al niño en las emociones
puras: el amor, el abandono, la pena, el ansia de superación y el triunfo del
inteligente contra el bruto”); la emoción que la embargó cuando el profesor
Maurer la lleva a visitar la casa donde Louisa May Alcott escribió la novela Mujercitas;
su simpatía y su admiración por Miquel Barceló; su aversión a la
sobreprotección de los niños, que los paraliza y anquilosa (“Están
agilipollados de tanto estar en casa o en actividades extraescolares”); su
repudio por los políticos corruptos y, sobre todo, por quienes les siguen
aplaudiendo (“Ellos han actuado dentro de la lógica del sinvergüenza, han hecho
su trabajo. Pero, ¿y la gente votándoles? Ahí sí que me rayo, ¿ves tú?”); o la
carta abierta que dirige al anacrónico juez Ferrín Calamita, perpetrador de
sentencias neandertales. Mil temas, como es lógico.
¿Qué me gusta especialmente de este volumen? Por supuesto, muchos de los asuntos que trata; pero, sobre todo, su forma de avanzar sinuosamente. Es decir, que la escritora gaditana no se dedique a desarrollar la idea de manera rectilínea, sino que baile, zigzaguee, dirija los ojos aquí o allá, meandree, nos invite a reparar en los detalles anexos: ese artículo científico o divulgativo que acaba de leer, esta vieja canción que relaciona con el asunto del que habla, aquella anécdota que ahora aporta su sonrisa... El punto de partida estaba claro; el punto de llegada es nítido; pero, gozosamente, la escritora nos ha hecho mirar el camino, nos ha hecho gozar del trayecto. Con el paso de los años, olvidaremos casi todo del viaje (de cualquier viaje, en realidad), pero la amnesia no diluirá el tono, la gracia, la luz de la persona que nos acompañó en él. Estoy convencido.

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