No
voy a resultar excesivamente original, me temo, si afirmo que leer por las
noches para mi hijo pequeño Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald
Dahl (en la traducción de Verónica Head y con ilustraciones de Quentin Blake),
ha sido una auténtica gozada. Él siempre me pedía un par de páginas más y yo,
fingiendo que estaba cansado, pero claudicando al fin, siempre saciaba su
deseo. Además, mi lectura ha sido bastante virginal, porque no he visto la
versión cinematográfica que protagonizó Johnny Depp. Tampoco conocía, salvo a
grandes rasgos, el argumento de la historia.
Me gusta la imaginación desatada del escritor británico. Me gusta la forma en que sabe envolver a sus jóvenes lectores (y a mí, que no lo soy tanto) con su fantasía y con su lenguaje. Y me gusta su constante apología de la letra impresa frente a la grisura de la mala educación, el consumismo y los excesos de pantallas, que él condensa en la televisión, aunque probablemente hoy lo haría en los ordenadores y en las tabletas (no en las de masticar, sino en las que mastican el cerebro de sus usuarios). Habrá quien sonría, considerando que la forma de ver las cosas de Roald Dahl es ingenua, arcaica o directamente fósil, porque todo apunta a que el futuro está en la hiperconectividad. Es posible. Desde luego, eso es lo que han decidido quienes se han hecho milmillonarios con el embobamiento digital de las masas. Pero mi hijo ha escuchado la historia con ojos llenos de fascinación, y me ha hecho saber su disconformidad con algunos puntos de la historia. Por ejemplo, que el señor Wonka tome la decisión de destrozar la casa de los Bucket y llevarse, velis nolis, a sus ocupantes. Mi Jorge me ha dicho que ahí se ha pasado, porque les podía haber preguntado qué querían ellos; y, si tan seguro estaba de que su propuesta era la mejor, debería convencerlos con su discurso, no irrumpiendo por el techo en su hogar, que queda destruido. “La casa era suya, papi. Y seguro que les gustaba. Les podía haber preguntado”. Tal vez no todo esté perdido, mientras nuestros hijos piensen así. Léanla. O, mejor, léansela en voz alta a un niño.

No hay comentarios:
Publicar un comentario