Hay
vidas que, desde su inicio, están marcadas por el infortunio, por los signos
negros de la desesperanza, como si un dios las trazase con furia vengativa. Los
que hemos nacido a este lado de la línea generalmente no pensamos en ellas; o consideramos
que sus propietarios, al fin y a la postre, pudieron elegir el camino recto, la
senda adecuada. Pero no es así. O no es, al menos, tan fácilmente así. Pascual
Duarte, que tuvo que transitar por un sendero no demasiado agradable en su
juventud, lo dictaminó con palabras certeras: “Hay hombres a quienes se les
ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda
tirar por el camino de los cardos y de las chumberas”. Ramón Fortuna, un
adolescente que vive en Vallecas y que es huérfano de padre, queda atrapado de
forma azarosa en un episodio que mezcla lo cómico y lo trágico: mientras abre
una lata de berberechos, tira de la tapa con tanta rudeza que rebana el cuello
de su mejor amigo. A partir de ese momento, el escándalo de la sangre aumentará
por nuevos caprichos del Destino: una muchacha que cae aparatosamente por el
balcón y sufre múltiples traumatismos; una vecina que pierde la vida cuando se
le parte el cuello; un perro que es arrojado por el hueco de la escalera; otro vecino,
que se desnuca contra un escalón… Este horror sonriente, casi tarantínico,
llega a su término cuando Ramón, como responsable del estropicio, es recluido en
un Centro de Menores. Allí conocerá a Aníbal (un interno que padece una grave
enfermedad) y a Vicente (el trabajador que más se implica con los chavales); y
allí, también, será entrevistado por Marcelo Román, quien se va a encargar de
su defensa.
Permítanme que no les aporte más detalles argumentales (dejo fuera, de manera deliberada, los más jugosos, incluidas las sorpresas del tramo final) y que reclame su atención sobre el modo en que Elvira Lindo describe en las páginas de esta obra la vida del barrio, con sus miserias, sus sueños incumplidos, sus ilusiones abortadas, sus equivocaciones de juventud, sus mentiras; pero también con sus sacrificios amorosos, con sus amistades, con sus pequeños gestos de ternura y de complicidad. Y no olvidemos la impresionante voz de ese fantasma que… Ah, perdón, he dicho antes que no iba a contar nada más del argumento. La dejo en sus manos: que la disfruten tanto como yo.

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