Hace
ya varios años (juraría que fue a mediados de 2011), mi entrañable amigo Pepe
Colomer me preguntó si había leído algún libro de Gonzalo Hidalgo Bayal y,
contrito, tuve que reconocerle que no. Su consejo fue contundente: no lo dejes
para más tarde. Y yo, como siempre he confiado en su buen juicio lector, me
apresté a hacerle caso y me sumergí en las páginas de Conversación (https://rubencastillo.blogspot.com/2011/11/conversacion.html). En
efecto, qué poderoso estilista descubrí en aquellas páginas. Luego abordé su
pequeño libro de relatos Un artista del billar (https://rubencastillo.blogspot.com/2015/05/un-artista-del-billar.html), su
delicioso Campo de amapolas blancas (https://rubencastillo.blogspot.com/2015/06/campo-de-amapolas-blancas.html), su
rotunda Hervaciana (https://rubencastillo.blogspot.com/2022/01/hervaciana.html) y, por
fin, La escapada (https://rubencastillo.blogspot.com/2022/12/la-escapada.html). En ese
momento, opté por detenerme, tomar un respiro y aplazar mis siguientes lecturas
del cacereño, para no agotarlas demasiado deprisa.
Hoy,
volviendo con entusiasmo a la carga, me deleito con Arde ya la yedra,
que desde el título nos sugiere los juegos palindrómicos que, en efecto, cruzan
e impregnan la obra. ¿Y por qué lo hacen? Ah, pues porque un joven de
veinticuatro años (que acaba de ser abandonado por la chica de sus sueños y que
tiene como horizonte cultural las novelas del oeste que consigue en los
quioscos) da en la peregrina idea, tan risible como inquebrantable, de escribir
una novela durante un mes y presentarla a un premio que acaba de ser convocado.
Lo de menos es que nos vaya explicando cómo la compone, o que resulte
finalista, o que Hidalgo Bayal aproveche su asistencia al acto cultural para
destripar la hipocresía y los trapicheos de ayuntamientos, jurados y
responsables políticos: lo crucial es que todo ese festín nos es servido con
una prosa excepcional, rotunda, elegante hasta el mármol, rica hasta el
asombro, donde la persona que está leyendo, si aguza un poco los sentidos,
podrá detectar guiños inequívocos que nos conducen hasta Garcilaso, la Biblia,
Salinger, Rubén Darío, Homero, Descartes, Wittgenstein, Kant, María Moliner,
Stendhal, Cervantes, Fernando de Rojas, don Juan Manuel, Horacio, Clarín,
Cortázar, Aristóteles, Delibes, Moratín, Miguel Hernández o Gabriel García
Márquez (por citar unos pocos); donde aborda un impresionante ejercicio de
análisis del alma humana (la envidia, el amor, la ingenuidad, la ira, los
celos, la decepción, la melancolía); y donde continuamente nos asaltan juegos
de palabras como el que rescato de la página 239, en la que nos dice que los no
premiados en el certamen quedarán “condenados a galeras”, mientras que el
ganador quedará “condenado a galeradas”.
Libro
ingenioso, maduro y sonriente, que podría ser etiquetado como novela-degustación
(en el sentido de que contiene todos los primores de la prosa hidalgobayaliana,
condensados en trescientas páginas), Arde ya la yedra es una obra que,
como pedía Baudelaire, se me antoja, por vocabulario, por sintaxis y por
técnica compositiva, sublime sin interrupción.
Un auténtico maestro.
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