lunes, 10 de febrero de 2025

La sombra que cargamos

 


Vivimos, casi siempre, sin reflexionar sobre nuestra vida. Quizá se trate de un recurso psicológico que, de forma inconsciente, desarrollamos para que las zozobras del devenir no nos acongojen; porque, si concentráramos la atención y evaluásemos cada paso de nuestra existencia, es posible que sufriéramos más de un desgarro. María Pilar Conn, en su poemario La sombra que cargamos, fija sus ojos líricos en esos taludes, en esas grietas, en esas fosas oscuras, porque necesita descubrirse entera. Sabe que tiene que hacerlo (“Preguntas continuas cubren mi vigilia”) y, con alma fuerte, se apresta a colocar ante nuestros ojos el resultado de ese análisis honesto, lúcido y necesario. Incluso sabiendo que lo que descubra puede resultar doloroso (se dice “versada en mi propia oscuridad”), el ímpetu de su corazón la anima para descubrir qué significan esos aullidos o recuerdos que laten en ella (“No hay droga que calme el clamor que hay en mi interior”). De ahí que sus versos se llenen de maternidades dolorosas, momentos graves de silencio mientras mira alrededor, recuerdos lacerantes, reflexiones de hondo calado sobre el transcurrir de los relojes (“El tiempo, vasto y misterioso, me cubre”), lágrimas oscuras cuando se pierde a una persona amada (conmovedor el poema Sirio destella), observaciones sobre la amargura que puede deparar el arrabal de la senectud (otro poema conmovedor: El jubilado)…

Erguida sobre la solidez de una mirada inteligente y firme, María Pilar Conn (que se encuentra auxiliada por Diego, su Teseo particular) vive y reflexiona sobre el vivir, camina y reflexiona sobre el caminar (“Despacio, hacia delante. / Sigo…”). Y convierte esas meditaciones en unos versos que esta edición de Cuadranta nos entrega, con un prólogo estupendo del también poeta Manuel Madrid.

Para no perdérselo.

sábado, 8 de febrero de 2025

Historias de mujeres

 


Me adelantaré a una posible objeción: no, no me canso de leer obras donde se reivindica a aquellas mujeres valiosas a las que la crueldad de su tiempo condenó al olvido. Y no me canso porque ellas tampoco se cansaron de luchar para ser escuchadas, y nadaron a contracorriente, y se llenaron de heridas, y dejaron su obra como testimonio. Por esa razón, mi blog acoge con infinita gratitud algunos libros de Tània Balló, Ángeles Caso o Rebecca Solnit que, aparte de estar muy bien escritos, me han ido abriendo los ojos sobre una situación intolerablemente dilatada en la Historia. Hoy doy cuenta de otro de esos volúmenes, escrito por Rosa Montero y titulado Historias de mujeres. Vuelve a ser una lectura amena, reveladora y documentada, donde la escritora madrileña elabora un trabajo en el que son analizadas algunas mujeres cuyas contribuciones o temperamentos las convierten en singulares, sin que eso las libere de algunas torpezas, errores o incluso mezquindades (“Esta obra es todo lo contrario a un catálogo hagiográfico de mujeres perfectas. Nunca deseé hacer tal cosa”).

En sus páginas nos encontramos con Agatha Christie, maniática del orden, que se manifestó en su afición continua por las novelas “geométricas”, donde todo guardase equilibrio y donde todo estuviese justificado y conectado con los mecanismos de causa-efecto; con Mary Wollstonecraft, pionera del feminismo (y madre de Mary Shelley), la cual vivió su existencia de forma libre, intentando que sus compañeros revolucionarios llegasen a la conclusión de que la libertad y la igualdad incluía a las mujeres; con Zenobia Camprubí, consagrada de forma absoluta a Juan Ramón Jiménez y dejando entre paréntesis sus propias virtudes como intelectual y escritora; con Simone de Beauvoir, compañera de Jean-Paul Sartre, con el que compartió no solamente muchas ideas, sino también muchos defectos de carácter (“Fueron en esto almas gemelas: narcisistas, egocentristas, elitistas, insufriblemente megalómanos”); con lady Ottoline Morrell, peculiar dama que “mantuvo décadas un importantísimo salón artístico e intelectual, al estilo de las salonnières francesas del siglo XVIII: por allí pasaron no sólo todos los integrantes del llamado grupo Bloomsbury (Virginia Woolf, Lytton Stratchey, E. M. Forster, Maynard Keynes, etcétera), sino también D. H. Lawrence, Henry James, T. S. Eliot, Aldous Huxley, Katherine Mansfield, Nijinsky, W. B. Yeats, Bertrand Russell, Robert Graves, Bernard Shaw, Graham Greene y Charles Chaplin, por citas a unos pocos”; con Alma Mahler, que sufrió el suplicio de plegarse a las exigencias machistas de su musical esposo (“Debes entregarte a mí sin condiciones, debes someter tu vida futura en todos sus detalles a mis deseos y necesidades, y no debes desear nada más que mi amor”); con María Lejárraga, esposa de Gregorio Martínez Sierra y, en realidad, autora de casi todas sus obras, que él firmaba con su nombre (no lo abandonó ni siquiera cuando Gregorio se enredó con la actriz Catalina Bárcena, aunque intentó suicidarse en 1909); con Frida Kahlo, protagonista del ensayo que más me ha gustado del volumen, donde se nos ofrece un resumen escalofriante del accidente que afectó en su juventud a la artista mexicana: “A los dieciocho iba en autobús a la escuela (quería estudiar medicina) cuando un tranvía les embistió. Fue un accidente grave, con varios muertos; y, según los testigos presenciales, fue un accidente extraño, lento, casi sin ruido, con el tranvía triturando el costado del autobús de manera imparable pero poco a poco, con la plasticidad de las pesadillas. Frida apareció desnuda entre los hierros: el pasamanos la había empalado (la barra entró por un costado y salió por la vagina)”; con Camille Claudel (otro capítulo prodigioso), hermana del escritor Paul Claudel y colaboradora de Auguste Rodin, la cual terminó en un centro psiquiátrico, donde permaneció encerrada treinta años; con…

La nómina de perfiles es impresionante, y abarca desde la más remota antigüedad hasta el presente, porque “las aguas del olvido están llenas de náufragas y basta con embarcarse para empezar a verlas”, como nos dice la autora en la página 233. Por fortuna, el rumbo de los tiempos parece ser otro, y cada día conocemos más y mejor a las mujeres egregias que habitaron en el ayer o que comparten nuestro hoy. De ahí que parezca justificado el modo en que Rosa Montero cierra el epílogo que ultimó para la edición del año 2007: “El futuro está aquí, el futuro es hoy y lo estamos construyendo hombres y mujeres. Por primera vez estamos todos”.

No dejen de leerla, en silencio y con respeto: su corazón y su cerebro mejorarán.

jueves, 6 de febrero de 2025

Vagalume



Recordemos esquemáticamente el argumento de esta novela de Julio Llamazares: tras la muerte del periodista Manuel Castro, que desarrolló toda su carrera en un periódico provincial (del que incluso llegó a ser director), su antiguo discípulo César, que ahora es un escritor de éxito, vuelve a la localidad y descubre varios elementos sorprendentes, que corregirán la imagen que tenía de su amigo: el primero, que sí que se conserva una copia de la única novela que su mentor publicó en vida (y que la censura franquista se cargó de manera fulminante); el segundo, que Manuel Castro, pese a lo que pregonó a los amigos y a la familia durante décadas, siguió escribiendo después de aquel revés: la viuda y las hijas acaban de encontrar en un armario varias novelas suyas y una obra de teatro. Las preguntas, como es lógico, empiezan a surgir: ¿por qué mintió Manolo? ¿Por qué siguió escribiendo de forma secreta y guardó bajo llave aquellos textos?

Como se puede apreciar, este punto de arranque nos ofrece una propuesta en la que el escritor puede moverse a su antojo para construir una trama donde la intriga (por un lado) y la formulación de hipótesis psicológicas o actitudinales (por otro) nos permiten suponer que estamos a punto de adentrarnos en una novela de elevado magnetismo. Por desgracia (admiro enormemente a Julio Llamazares y me fastidia admitirlo), no es así. Con una técnica casi circular, en la que el autor da vueltas y vueltas, y repite y repite y repite las mismas cuestiones una y mil veces (¿por qué mintió Manolo? ¿Por qué mantuvo a la familia en ese engaño?), sin apenas variantes o matices, la sensación de remolino marea y no deja avanzar. Es como si el novelista estuviese inflando una historia de treinta páginas ad náuseam. Y cuando se llega al final y se producen las “revelaciones” ya casi no sorprenden, porque el lector se ha formulado la respuesta por sí mismo y los levísimos matices de la misma se perciben como purpurina: adorno inane.

Repito: me produce mucha tristeza escribir estas líneas, porque he leído con gran admiración varios libros de Julio Llamazares y leeré, con total certeza, los que me faltan. Pero debo consignar lo que esta novela me ha parecido. Se puede decir que Homero dormita alguna vez, sin perder el respeto ni la gratitud por todo lo que nos dio antes.

Estoy seguro de que en mi próximo abordaje, el narrador leonés vuelve a cosechar mi aplauso.

martes, 4 de febrero de 2025

Entre ellos

 


“He vivido más años de los que vivieron mi padre o mi madre. Hoy no hay prácticamente nadie vivo que los haya conocido. Y yo soy, por ello, la única persona que conoce estas cosas y puede preservar estas memorias”. Así se expresa el norteamericano Richard Ford en la página 157 de su obra Entre ellos, que leo en la traducción que Jesús Zulaika preparó para el sello Anagrama. Y ese parece ser, desde luego, uno de los motores de esta hermosa narración, donde se intenta recuperar las figuras de Parker Ford y de Edna Akin, progenitores del novelista.

El primero fue viajante de comercio y es definido como un hombre jovial, alto, risueño y robusto; mientras que su esposa “era guapa, tenía el pelo negro y era menuda y de formas turgentes, divertida, ingeniosa, habladora” (p.24). Durante los primeros años de su matrimonio viajaban juntos, hospedándose en lugares baratos por toda la ruta comercial de Parker; y en 1944, cuando posiblemente ya no lo esperaban, tuvieron a Richard, “hijo tardío y único” (p.28). A partir de ese instante, Richard nos habla de los cambios de vivienda o trabajo; de la forma en que sus padres entendían la vida social o religiosa en su comunidad; de su vínculo estrechísimo (estaban acostumbrados a hacerlo todo juntos); de las erosiones de la salud: el primer problema cardíaco de su padre en 1948, su muerte súbita en 1960 (la escena en que Richard, apenas un quinceañero, intenta hacerle la respiración artificial para reanimarlo es sobrecogedora), el cáncer de mama de Edna en 1973; y también, y sobre todo, de la forma en que su visión sobre ellos se ha ido modulando y completando con el paso del tiempo.

Sin exageraciones, sin idealizaciones y sin excesos melodramáticos, Richard Ford nos ofrece el retrato de unas vidas que, siendo grises e insignificantes, trazaron el origen de la suya y lo fueron encauzando y construyendo.

Un bonito homenaje.

lunes, 3 de febrero de 2025

Encargo al viento

 


Siempre se ha dicho (y es noble afirmación) que debemos luchar por nuestros sueños; pero quizá encierre más grandeza todavía hacer nuestros los sueños de aquellos a quienes amamos, y esforzarnos por cumplirlos en su nombre. Hay una singular majestad en esa tarea. Y esa majestad llena las páginas de Encargo al viento, del gaditano Salva Menéndez. Su protagonista, Santiago, es un joven que ha heredado de su padre un viejo cuaderno, donde este consignaba los detalles de un proyecto que llenaba de ilusión su alma: construir un albergue para personas necesitadas, donde se les suministrase no solamente comida y calor, sino también apoyo, escucha, tratamiento humano. El local tendría que llamarse (y se llama, gracias al empeño loable de su hijo) Karilaos, cuyo significado etimológico dejaré que descubran los lectores de la novela cuando se adentren en sus páginas y lleguen a la número 100. Y en esa línea ilusionada comienza a trabajar, con una serie de personas que se van sumando al proyecto: unas cocinan, otras donan materiales, otras levantan muros con ladrillos. El fervor de ese trabajo los va activando día tras día… hasta que las primeras disensiones comienzan a surgir. En todo grupo humano pueden anidar la ambición, el rencor o la envidia, y Santiago no iba a librarse de esas inmundas asechanzas: comienzan a criticarlo, a boicotearlo, incluso llegan a robarle el cuaderno en el que su padre consignó sus ideas e ilusiones. Entonces, en un arrebato de desengaño y de ira, Santiago saca un enorme cuchillo. Y lo utiliza.

Quienes decidan acercarse hasta Encargo al viento descubrirán una historia de amor y solidaridad, en la que los apellidos de los personajes actúan como resorte simbólico de gran eficacia para dibujar la raíz de sus espíritus (Lola Reina, Miguel Buendía, Ramón Amor, Luz Iclara…) y donde llegarán a comprender que en el pecho de Santiago palpita un espíritu casi caballeresco, que busca la purificación para merecer el corazón de su amada.

Yo ya lo he leído. Ahora, es su turno.

domingo, 2 de febrero de 2025

El misterio de Chichén Itzá

 


Resulta difícil resistirse (y, por otro lado, ¿qué necesidad hay de hacerlo?) a un libro que, titulándose El misterio de Chichén Itzá, llevando una sugerente imagen en la cubierta y siendo respaldado por un sello como Edebé, se coloca entre nuestras manos y reclama nuestra atención lectora. Así que, rendido a la aventura de recorrer sus páginas, me encuentro en México y conozco a Ramona Carmona, una “taciturna y solitaria estudiante, amante de las novelas policíacas, los enigmas y los códigos secretos” (p.19), hija de una reconocida arqueóloga que fue asesinada unos años atrás y que, de forma súbita, se va a ver involucrada en una serie de episodios novelescos que incluyen muertos vivientes que abandonan de noche los cementerios, personas asesinadas y cubiertas con polvo rojo, un diario incompleto y lleno de frases opacas, anagramas que quizá ayuden a resolver el enredo de la obra, serpientes venenosas escondidas en cajas, golpes en la nuca que dejan inconsciente, coches con los cristales ahumados, pirámides con cámaras subterráneas, cenotes sagrados que esconden inquietantes cementerios subacuáticos… Seguro que, a estas alturas de la reseña, ya estarán pensando que la obra tiene muy buen aspecto. Pues sí, se lo confirmo: un aspecto inmejorable, que el autor (el chileno José Ignacio Valenzuela) completa con habilidosos saltos temporales que nos permiten reconstruir la historia desde sus orígenes hasta la actualidad, con ricos aportes culturales sobre el mundo de los mayas y, sobre todo, con un mensaje cifrado final que, tributario de Edgar Allan Poe, nos permite sonreír con la posibilidad de una segunda parte para este libro.

Añadan a esas virtudes un buen número de guiños a Arthur Conan Doyle y Agatha Christie (la protagonista es una jovencísima admiradora de ambos escritores, por influencia de su madre) y obtendrán El misterio de Chichén Itzá, una estupenda novela juvenil, que enriquecerá culturalmente a sus jóvenes, o no tan jóvenes, lectores.

sábado, 1 de febrero de 2025

Diversopoemas

 


Qué difícil (y qué increíblemente bien lo hace Marisa López Soria) es escribir versos para niños. Lo normal es que el intento se quede en una ñoñería o en una futesa, que los mayores leemos en voz alta para nuestros hijos con apuro, casi con vergüenza. Pero como Marisa no es normal el resultado de estos Diversopoemas (que completa con las simpáticas ilustraciones de Isidro Ferrer) es bellísimo y digno de aplauso.

El tren, el otoño, los tigres, la vecina con malas pulgas, un paso de cebra, la merienda a base de chocolate, un erizo o un peluquero son argumentos sobrados para que la gracia musical de la autora juguetee con los vocablos, les extraiga unos tonos seductores, deje que su imaginación se dispare y provoque sonrisas en sus infantiles (o no tan infantiles) lectores. “Antaño de Maricastaño” (p.27), “Nana” (p.57) o “Urgencia” (p.91) son algunas de las composiciones que juzgo mejores de este tomo, donde el humor, la ternura y el desparpajo se mezclan con las más atrevidas metáforas.

No pierde brillantez con el paso de los años.