Con
dos poemas muy significativos comienza Jorge Luis Borges (un veinteañero cuando
el libro fue publicado) su obra Fervor de Buenos Aires. En el primero
nos habla de las calles de la capital argentina, los cuales “ya son mi
entraña”; en el segundo se detiene a comentarnos sus impresiones sobre la
Recoleta, el famoso cementerio donde descansan Eva Perón o Domingo Faustino
Sarmiento (un recinto al que etiqueta como “El lugar de mi ceniza”). No se
puede definir un espacio emocional con más exactitud: las calles de los vivos y
las calles de los muertos. O, dicho de otro modo, el Buenos Aires de los ojos
abiertos y el Buenos Aires de los ojos cerrados. Su Buenos Aires. A partir de
ese momento, todo el fervor pregonado desde el título, todo el amor y la
exaltación que Borges sentía en su pecho se va expandiendo por ciertas luces
que declinan en los atardeceres (“Calle desconocida”); largas horas donde los
naipes parecen detener el tiempo y establecer su propio ritmo (“El truco”);
homenajes a su abuelo, el coronel Isidoro Suárez (quien “dilató su valor sobre
los Andes” y del que pregona que “la audacia fue costumbre de su espada”); la
constatación de que incluso el ser más infame queda, con el paso del tiempo,
reducido a la sombra de la insignificancia (“Rosas”); el núcleo urbano como
condensador o amalgama de todos los tiempos del poeta (“Esta ciudad que yo creí
mi pasado / es mi porvenir, mi presente”); la presencia triste de algún
mendigo, que “agrava la tristeza de la tarde”; e incluso algún homenaje
literario, como el que rinde a “Walt Whitman, cuyo nombre es el universo”.
Poco más de veinte años tenía, sí, pero qué voz tan depurada y tan brillante se advierte en estos poemas, que prefiguran ya lo que vendría a continuación. Pocos escritores maduros están ya en el escritor inicial. En el caso de Borges, entiendo que sí se produce en buena medida ese milagro venturoso.

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