Siempre
he mirado con desconfianza la expresión “a caballo entre…”, porque me parece
tan rudimentaria como discutible: los cambios y las transiciones no se producen
(en casi ningún ámbito de la vida o el arte) a gran velocidad, sino de forma
lenta, tectónica, casi invisible. En ese sentido, Madlene Findelkind sería más
bien (como también lo es La Celestina, por citar un ejemplo ilustre) una
bisagra entre dos mundos: parte de ella pertenece al mundo antiguo; parte, al
mundo moderno. Mas la historia de esta mujer no va “a caballo”, sino a doloroso
paso de tortuga, porque nadie se lo va a poner fácil, ya que varias contrariedades
pesan sobre ella: es huérfana, es una criada, es pobre, ha estado en la cárcel
y ha sido madre soltera. Pero su voluntad es tan clara como firme: quiere salir
de su condición. Quiere aprender a leer y escribir. Quiere liberarse de la tríada
“criada, esposa o ramera”, porque esos estados se le antojan variantes de la
preterición. Madlene anhela la dignidad de ser ella misma, sin someterse a los
cánones rancios de un mundo que languidece con demasiada lentitud. Siendo niña,
estuvo interna en un orfanato, del que la liberó un gran hombre, que luego la
encomendó como sirvienta en el hogar de Johann Sebastian Bach, de donde salió
un tiempo después, acusada injustamente de robo, portando en su seno un hijo
del afamado compositor. Desde entonces, conoció innúmeras humillaciones
(soportó miradas lascivas, fue violada, tragó saliva mientras era juzgada por
quienes se sentían por encima de ella, escuchó insultos, padeció desdenes y
exilios), pero su voluntad se mantuvo erguida, aferrándose a una idea tan
revolucionaria como peligrosa en aquel siglo XVIII, y aun en la actualidad:
¿por qué tiene que resignarse la mujer a ser inferior? ¿Acaso no es igual que
el hombre?
Rodeada de personajes tan ilustres como significativos (músicos como Bach o Scarlatti, filósofos como Voltaire, naturalistas como Buffon, mujeres poderosas como la marquesa de Pompadour), Madlene Findelkind se convierte en bandera y en metáfora de un tiempo complicado y de una idea feliz: que todos merecen una oportunidad, sean pobres o ricos, mujeres u hombres; que todos pueden aspirar a la educación y deben ser tratados con respeto; que todos merecen tocar las estrellas, aunque sea “alzándose sobre las puntas de unos zapatos prestados”. Antonio Gómez Rufo es el autor de esta interesante, documentada y educativa novela, que he leído con mucho agrado.

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