“Soy
un hombre modesto”. Con estas palabras se presenta Ventura, la persona que,
tras la muerte de Esteban Amat, accedió al puesto de vigilante en los Billares
Sanchís (que ahora reciben el nombre de Salón Recreativo Galaxia), donde lleva
treinta años. Esteban era un ser despreciable, un pederasta que “sodomizaba con
espasmos de remero a los chavales en el water” (p.8). Ventura, por el
contrario, es un hombre sin deseos ni ambiciones (“Lo que más me gusta de mí
mismo es la abulia”), que ha tenido alguna relación sexual más bien sórdida con
una tal Emma; que disfruta con la lectura, entendida como otra forma de la
laxitud (“Tengo que leer, así serán otros los que piensen por mí, leer me
relaja”); que no muestra las mismas aficiones que sus congéneres (“No tengo
televisión”) y que se desenvuelve con pocas pertenencias (“Mi casa apenas tiene
muebles, ni electrodomésticos”). No juzga que su modo de vida, aislado y poco
sociable, haya sido negativo (“El silencio ha servido para fortalecerme”), pese
a saber que su jornada laboral es demasiado larga (“De diez de la mañana a
nueve de la noche”) y que su vida, en sí misma, es insignificante (“Soy un
documental en blanco y negro”). Los demás quizá sean más felices, pero él se
limita a observarlos sin que la ambición o la envidia lo alteren (“Me comporto
como los cautos espectadores de una obra teatral que no sé si por educación,
prudencia o simple cobardía, no se atreven a abandonar la sala”), entre otras
cosas porque es consciente de la flaqueza de su temperamento (“Soy
extremadamente tímido”), circunstancia que con seguridad le facilita la
existencia (“He aprendido algo fundamental para que a uno lo dejen vivir en
paz: hay que respirar y callarse”).
Si desean conocer la historia completa de este singular personaje les sugiero que acudan hasta las páginas de El vigilante del salón recreativo, del malagueño José Antonio Garriga Vela. Creo que les puede llamar mucho la atención.

No hay comentarios:
Publicar un comentario