viernes, 24 de julio de 2026

El vigilante del salón recreativo

 


“Soy un hombre modesto”. Con estas palabras se presenta Ventura, la persona que, tras la muerte de Esteban Amat, accedió al puesto de vigilante en los Billares Sanchís (que ahora reciben el nombre de Salón Recreativo Galaxia), donde lleva treinta años. Esteban era un ser despreciable, un pederasta que “sodomizaba con espasmos de remero a los chavales en el water” (p.8). Ventura, por el contrario, es un hombre sin deseos ni ambiciones (“Lo que más me gusta de mí mismo es la abulia”), que ha tenido alguna relación sexual más bien sórdida con una tal Emma; que disfruta con la lectura, entendida como otra forma de la laxitud (“Tengo que leer, así serán otros los que piensen por mí, leer me relaja”); que no muestra las mismas aficiones que sus congéneres (“No tengo televisión”) y que se desenvuelve con pocas pertenencias (“Mi casa apenas tiene muebles, ni electrodomésticos”). No juzga que su modo de vida, aislado y poco sociable, haya sido negativo (“El silencio ha servido para fortalecerme”), pese a saber que su jornada laboral es demasiado larga (“De diez de la mañana a nueve de la noche”) y que su vida, en sí misma, es insignificante (“Soy un documental en blanco y negro”). Los demás quizá sean más felices, pero él se limita a observarlos sin que la ambición o la envidia lo alteren (“Me comporto como los cautos espectadores de una obra teatral que no sé si por educación, prudencia o simple cobardía, no se atreven a abandonar la sala”), entre otras cosas porque es consciente de la flaqueza de su temperamento (“Soy extremadamente tímido”), circunstancia que con seguridad le facilita la existencia (“He aprendido algo fundamental para que a uno lo dejen vivir en paz: hay que respirar y callarse”).

Si desean conocer la historia completa de este singular personaje les sugiero que acudan hasta las páginas de El vigilante del salón recreativo, del malagueño José Antonio Garriga Vela. Creo que les puede llamar mucho la atención.

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