¿Qué
nos cuenta Irène Némirovsky en su novela El informe Kurílov (que he
leído en la traducción de José Antonio Soriano Marco para el sello Salamandra)?
De forma muy resumida, la historia de León M., hijo de unos padres
revolucionarios, que creció en su sanatorio para tuberculosos y que murió en
Niza en 1932. Muy joven (en 1903), recibió del Comité el encargo de poner fin a
la vida del ministro ruso de Instrucción Pública, Valerian Kurílov; y hacerlo,
además, de forma bien visible, para que el pueblo compruebe el poder de los
rebeldes antizaristas. El muchacho, un urbanita fervoroso (“Odio la naturaleza.
No he sido feliz más que en las ciudades”), consigue que lo contraten como
médico de Kurílov, y pronto se da cuenta de que un cáncer de hígado lo está
matando. ¿Merece la pena matar a quien está condenado a morir en cuestión de
meses? Esa es la pregunta que desde los primeros días atormenta al encendido
revolucionario (oculto bajo la identidad de Mr. Legrand, médico suizo) quien,
por su posición cercana al ministro, tiene ocasión de conocer a su segunda
esposa (la antigua cantante Marguerite Eduardovna) y a sus hijos; pero también
a los execrables adláteres que lo rodean: el codicioso Dahl, que ansía
sorprendentemente su puesto (“Un ciudadano corriente tiene derecho a ser
codicioso, porque sabe que de lo contrario morirá de hambre. Pero las personas
que lo poseen todo, dinero, relaciones, tierras, jamás se dan por su
satisfechos. No puedo entenderlo”); el anacrónico zar (que llega a exigirle a
Kurílov que abandone a la cabaretera, si desea seguir siendo ministro); e
incluso los revolucionarios que mantienen la conexión Suiza-Rusia (tan rígidos
y tan implacables como sus víctimas).
Pero lo que nos está contando realmente Irène Némirovsky es algo mucho más denso y más interesante que un mero relato de urdimbre política, porque nos habla de temas que, pareciendo locales o coyunturales, son universales, como la depredación y las intrigas que rodean siempre a quienes frecuentan el poder; las luchas intestinas (tan tenues como implacables) que se ponen en funcionamiento para medrar; y, por encima de todo, la rica y desconcertante ambigüedad que impregna a todos los seres humanos, capaces de las mayores bajezas y de los sacrificios más admirables. Aquí no hay “buenos” y “malos”, porque todos los actores participan de la luz y de las tinieblas a la vez: todos son (todos somos) sublimes y rastreros, excelsos y execrables, ángeles fieramente humanos (para decirlo con Blas de Otero). La escritora de origen ucraniano nos ayuda para que no olvidemos esa verdad. Léanla.

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