jueves, 16 de julio de 2026

Cartas a Leonor


 

Recuerdo perfectamente (creo que muchos recordamos perfectamente) los días de la pandemia del covid. Aquella sensación de claustrofobia, de ansiedad, de temor, de incertidumbre, de zozobra. Aquellos números terribles de víctimas, que crecían a diario en las pantallas de la tele y el ordenador. Aquella desolación de calles vacías, vistas desde una ventana. Aquel silencio.

Lola también lo recordará, porque el confinamiento la alejó de su grupo de vóley, de sus amigas y del chico que le gustaba (Lucas), para encerrarla en un hogar pequeño, con sus padres (con quienes mantiene una relación fría y cortante) y con su abuela Leonor (a la que acogieron unos días antes, por sus problemas graves de memoria). Harta de aquella cárcel incómoda, su carácter se vuelve más irascible y responde a todos con acrimonia. Por fortuna, el temperamento dulce, calmado y conciliador de su abuela servirá para que todo se desarrolle con menos tensión, sobre todo desde el momento en que la anciana empiece a contarle a su nieta sus recuerdos de juventud, donde reinó la figura de Antonio, un muchacho de Soria… que no fue el abuelo de Lola. Los poemas de Campos de Castilla y una vieja carta del chico (la última que le envió) servirán para que Lola empiece a entender lo que realmente deberá hacer cuando terminen los días del coronavirus, guiada por una frase de Leonor, que se convierte en columna vertebral del relato: “La historia de esta familia continuará contigo: tú eres la memoria viva de tus abuelos, de tus padres, de todos los que se fueron y de los que no están. Mi historia personal desaparecerá conmigo porque nadie más la conoce”.

Con el desarrollo de una doble línea narrativa muy interesante (el ayer de la abuela y el hoy de la nieta), la novelista madrileña nos va guiando a los lectores hacia el mañana de todos los personajes, que se iniciará en un cementerio, donde tres lápidas se convierten en culminación y protagonistas de un relato magnífico, emotivo y admirable, en el que literatura, amor y vida enlazan sus dedos. ¿Un libro para jóvenes? Por supuesto. ¿Un libro para enamorados de la poesía? Que nadie lo ponga en duda. Pero, sobre todo, una novela profundamente humana, en la que se exploran las dudas juveniles (la amistad, el amor, las relaciones con los padres), la quebradiza condición de la “normalidad” (que puede verse alterada por algo tan asombroso como un virus) y la fortaleza que podemos extraer, si somos capaces de buscarla, dentro de nuestro espíritu. Un libro para llorar, para aprender y para aplaudir.

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