sábado, 18 de julio de 2026

Las batallas en el desierto

 


Al bajar por la calle de Blanca donde me crie, casi al final, había un chico que se sentaba en la puerta de casa a coser alfombras de esparto. Un poco más allá vivía un policía, cuyo hijo (o él) se llamaba Ángel. A pocos metros estaba la pescadería de los hermanos Cano, donde yo compraba las sardinas que me encargaban mi abuela o mi tía Esperanza (detrás del mostrador había un bellísimo mural pintado por Pedro, el hermano pequeño, ahora reconocido internacionalmente). Muy cerca se podía ver el estanco, fabricado entero de madera, junto a las carteleras del cine, donde colocaban fotogramas del próximo estreno. Al lado, la peña, el pequeño casino al que mi padre acudió con los amigos durante un tiempo (conservo una fotografía de entonces). Después, la confitería de la Concha Parra (cuyo hijo Ricardo Candel terminaría siendo médico de renombre y amigo queridísimo de mi familia). Y, casi enfrente, el bar de Felicito. Soy capaz de recordar hasta los menores detalles de cada uno de esos sitios (incluido el mural de Pedro Cano, en el que me fascinaba la figura erguida de un hombre bigotudo, que sonreía con los brazos en cruz y sostenía pescados).

Imagino que, a estas alturas, cualquier persona que esté leyendo con amable paciencia mi reseña se preguntará a qué demonios viene esta rememoración, tan personal como en apariencia incongruente, y la respuesta es sencilla: en Las batallas en el desierto, el mexicano José Emilio Pacheco dedica el primer tercio de la obra a dibujar la acuarela del recuerdo: las calles de la infancia, los juguetes, los olores, el trazado polvoriento de las calles, todos los perfiles de un mundo ya perdido, en el que los protagonistas de la novela se desenvolverán.

El resto, siendo hermoso (no seré yo quien lo niegue), se limita a ser una “historia”: el modo en que el niño protagonista se enamora de Mariana, la madre de su mejor amigo, y vive los tormentos derivados de esa debilidad: que sus padres monten en cólera por la “perversión” del chico, que lo obliguen a acudir a la iglesia para confesarse (el cura le hace las típicas preguntas pervertidas que tan usuales eran -no sé si siguen siendo- entre los sacerdotes de la época) y que finalmente lo lleven al psiquiatra (un despacho donde le hacen tests de lo más ridículos, para llegar a conclusiones también ridículas). Para el narrador, todo este circo resulta incomprensible: ¿dónde está la maldad en el hecho de haberse enamorado? ¿Qué hay de sucio o de pecaminoso en algo tan natural? (“El amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio”, anota en el capítulo XI). Una obra breve, quizá no memorable, que me ha gustado más en su plano evocador que en el narrativo y que me ha devuelto por unas horas a mi propia infancia.

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