jueves, 23 de julio de 2026

El reino de los mil pájaros


 

Hace cinco generaciones, el rey y la reina de un lejano país de oriente optaron por separarse y, como consecuencia, también el territorio sobre el que mandaban quedó dividido en dos bloques (la parte amarilla y la parte azul), enfrentados de forma irreconciliable. Ciento cincuenta años después, la zona amarilla (que recibe el nombre de Tah-Ching) está gobernada por el Mandarín, un hombre belicoso que ha tomado la decisión trascendente de declarar la guerra inmediata para que sus vecinos de la zona azul (Tah-Chang) dejen de estar bajo el dominio de la Emperatriz y pasen a convertirse en súbditos suyos. Simétricamente, escuchamos que la citada Emperatriz, animada por su Consejera y su Ministra, ha tomado la misma decisión: enfrentarse a los rebeldes amarillos y unificar el reino bajo su femenino y autoritario mandato. ¿Es la guerra inevitable? ¿Nadie logrará impedir que se produzca ese desperdicio de vidas? La respuesta se encuentra en los hijos de tan ambiciosos dirigentes: el príncipe Yi-Jie, amante de los pájaros, el deporte, la poesía y la flauta (por la parte amarilla) y la princesa Xia-Mei, que adora el arpa, las flores y los gatos (por la parte azul). Casualmente, se encuentran en un prado sin reconocerse; y quedan extasiados al mirarse.

Con ese planteamiento y ese arranque, el valenciano Juan Ramón Barat elabora su obra El reino de los mil pájaros, una pieza teatral especialmente dirigida a los niños y jóvenes, donde florece la ingenuidad y donde menudean los juegos de palabras basados en la condición oriental del drama (“Lo estamos engañando como a un chino”, página 9; “Todo eso que dices me suena a chino”, página 16; “El bazar de los chinos”, página 19; “Si no queréis las dos que os castigue con una tortura china”, página 51; etc). Un alegato contra la guerra y a favor del amor que apela a los sentimientos más nobles del alma humana. Simpático.

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