Ha
pasado algo muy curioso mientras leía el poemario Otoños y otras luces,
de Ángel González: he sentido cómo reinaba el silencio a mi alrededor. No creo
que haya sido, aunque lo parezca, una sensación subjetiva. Estoy en condiciones
de jurar que se ha hecho el silencio mientras leía. Antes de adentrarme
en sus hojas era consciente de que se trata del último volumen publicado por
Ángel González (“después de nueve años de silencio”, reza la solapa, como si la
ausencia de publicación comportara para el poeta silencio), así que admito que
una cierta dosis de sugestión sí que puede haber mediado. Pero, de verdad, ha
sido como si todo se detuviera a mi alrededor, como si mi despacho, la casa, la
calle entera, guardasen una respetuosa quietud mientras sonaban las palabras
del ovetense.
Habla
de otoños que declinan, dejándonos el oro de sus luces; de amadas que renuncian
a seguir queriendo al poeta (“No recuerdo un invierno tan frío como este”); de
rayos de sol inesperados que destellan en la nieve; de lánguidas constataciones
(“Sé que llegará el día en que ya nunca / volveré a contemplar / tu mirada
curiosa y asombrada”); de glosas entusiastas a C.R. (Claudio Rodríguez); de
alboradas que anuncian el misterio de un nuevo día (“Canta un gallo, mil
gallos. Amanece”); del decepcionante “envoltorio de bisutería / que ocupa hoy
el lugar / del amor verdadero”; o de ideas tan amargas como escalofriantes
(“Hay mañanas en las que no me atrevo a abrir el cajón de la mesilla de noche
por temor a encontrar la pistola con la que debería pegarme un tiro”).
La triste belleza sin continuación de unos poemas finales. Léanlos.

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