Quizá
las personas no nos limitemos a envejecer con el paso de los años, sino que, de
un modo misterioso, nos veamos sometidos a una metamorfosis más profunda y nos
convirtamos en otra cosa más extraña: en seres distintos. ¿Es igual el joven
alocado, fogoso y lleno de adrenalina y pasiones que el anciano calmo, macerado
de silencios y de reacciones meditadas y lentas? Sylvestre (también conocido
por Silvio), protagonista de esta novela de Irène Némirovsky, afirma que no:
que son dos personas diferentes. Y ha llegado a ese convencimiento porque él
mismo lo ha podido observar sin lugar a dudas: durante su juventud fue alguien
inquieto, entregado a las pasiones de la bebida, del viaje y del amor, incapaz
de detenerse ante los obstáculos; y ahora, cuando la vejez lo ha devuelto a su
paisaje de origen y vive en una cabaña en medio de Francia, huraño y arruinado,
todo se ha vuelto tranquilo. “Pienso” (susurra en el capítulo 2) “que he hecho
mucho camino inútil para volver al punto de partida”. Y entiende que esa
evolución afecta por igual a todos sus semejantes: “El penoso y vano trabajo
con el que la juventud intenta adaptar el mundo a sus deseos ha quedado atrás.
Han fracasado y ahora descansan. Dentro de unos años, volverá a agitarlos una
sorda inquietud, que esta vez será la de la muerte”. Desde la atalaya solitaria
de su sillón, el espectáculo de la juventud se le antoja punto menos que
incomprensible (“Desde hace algún tiempo, la gente joven me produce algo muy
parecido al asombro, como si estuviera ante una especie animal distinta de la
mía, como si fuera un perro viejo viendo bailar a unos ratones”).
Pero
el corazón de Silvio guarda secretos; y sus ojos, si permanecen vigilantes,
captan o sospechan los secretos de quienes lo rodean: esa esposa presuntamente
honorable, pero que se dejó arrebatar por la pasión cuando la sangre aún ardía
por sus venas; esa muchacha que no puede evitar entregarse a la lujuria con un
vecino; ese chico que, jurando fidelidad inquebrantable a su pareja, se deja
llevar por la ignominia de la traición; esos vecinos que espían con ojos de
buitre las flaquezas de los demás (sobre todo si son forasteros), para quedarse
con sus propiedades a la menor oportunidad… Sí, las sangres arden. Pero no se
trata solo de impulsos sexuales: eso constituye una pequeña parte del enigma,
como bien refleja Irène Némirovsky en la página final de su narración (“No es
tan simple. La carne se conforma con poco. Pero el corazón es insaciable; el
corazón necesita amar, desesperarse, arder en cualquier fuego”). Eso implica
envidias, y las hay en esta obra; eso implica venganzas, y también las hay; eso
implica muertes, y no faltan en sus páginas.
“He vivido lo bastante para saber que no hay corazón sencillo”, afirma el viejo Sylvestre en el capítulo 16. Y la autora ucraniano-francesa, que algo sabía de bucear en el alma humana, nos deja en El ardor de la sangre un relato bello y terrible sobre los meandros pasionales, los secretos y el paso del tiempo.

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