El
juez Kristóf Kömives, de Budapest, siempre ha sido un hombre de mentalidad
tradicional, recta y severa. Está casado
con Hertha Weismeyer, bella hija de un general, y tienen un hijo y una hija.
Aunque su labor consiste en separar a las parejas que lo solicitan, él “creía
en la santidad del matrimonio” (p.60) y juzga que la culpa de los divorcios hay
que buscarla en la impaciencia, los nervios o la imperfección moral de los
seres humanos. Así que su tarea como juez es tan triste como abrumadora:
“Maridos y mujeres pasaban ante Kristóf en una fila india demencial, mentían y
juraban que decían la verdad, no se miraban a los ojos ni dirigían el rostro
hacia el juez, se inventaban virtudes y vicios, asumían las mayores vilezas, se
cubrían de vergüenza porque no querían sino huir, huir de aquella esclavitud,
de aquella miseria insoportable. Se presentaban ante el juez como paralizados,
y él desataba y separaba conforme a las disposiciones legales, pero también
bajaba la cabeza al dictar sentencia porque sabía que sus palabras sólo
transmitían disposiciones humanas y era consciente de que todo lo que decía
estaba en contra de las leyes divinas” (p.61).
Ahora,
cuando comienza la narración, llega a su mesa el expediente en virtud del cual
su antiguo amigo Imre Greiner y su esposa Anna Fazekas (de la que Kristóf estuvo,
tal vez, enamorado en su juventud) solicitan el divorcio. Ciertos recuerdos y
ciertas palpitaciones comienzan a sucederse en la cabeza y el corazón del juez.
Y cuando reciba la visita de Imre durante la noche anterior a la vista del
proceso, todo comenzará a enredarse mucho más, porque escuchará de labios de su
viejo amigo algunas revelaciones que pondrán patas arriba su calma interior.
Como
siempre, Sándor Márai consigue una narración sólida, profundamente bien
construida en sus aspectos psicológicos (los retratos de los personajes son
dignos de ser leídos varias veces y subrayados con lápiz rojo) y que nos obliga
a pensar en las motivaciones más oscuras del ser humano, en sus miedos, en sus
flaquezas y en sus zonas de luz. Así, la hermana de Kristóf (quien “se
comportaba siempre como si acabara de despertarse de un sueño aburrido y no
esperara nada especial del día que empezaba”) o el padre Norbert (cuyo dibujo
anímico ocupa todo el capítulo 4). ¿Qué lugar ocupan en nuestras vidas los
sueños que no se cumplieron o que dejamos de lado? ¿Qué latidos siguen
palpitando, sin que seamos del todo conscientes, en nuestro corazón? ¿Qué
observaríamos si fuéramos capaces de enfrentarnos, sin camuflajes, con el
espejo de nuestro cuarto de baño? En Divorcio en Buda (que leo gracias a
la traducción de Judit Xantus Szarvas), estas preguntas quedan formuladas en
cada página y se nos invita a reflexionar sobre ellas.
Siempre me asombra el húngaro Sándor Márai, otro de esos narradores a los que tengo que disfrutar más intensamente en los próximos años.
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