Revisito Castilla,
de Azorín, en la edición del profesor Inman Fox (Espasa-Calpe, Madrid, 1997), y,
en esta ¿cuarta? lectura debo formular sobre tan famoso libro un juicio más
bien ambiguo. Sé que fue un prosista con hallazgos interesantes, que yo he
aplaudido (y que supongo que seguiré aplaudiendo en el futuro), pero ahora me
ha fatigado su martilleo de frases cortitas, de vuelo algo torpón, como
temerosas de desplegarse. Es como si Azorín le tuviera miedo a las oraciones
subordinadas, y se creyese obligado a decirlo todo por logaritmos, con frases
jaculatorias. Lo suyo son los telegramas con adjetivos. Y por lo que respecta a
los temas, ¿pues qué se puede decir? Han quedado (seamos sinceros y
reconozcámoslo) totalmente desfasados. Azorín vive preso (aunque él no lo sepa,
y sus comentaristas se empeñen en ignorarlo, quizá porque piensan más como
filólogos que como lectores) en su circunstancia, que a veces es más ratonera
de lo razonable. Mira los trenes, los oficios viejos, las herramientas herrumbrosas,
los caminos llenos de polvo, los matojos, los campanarios de las iglesias. Y
siempre parece una especie de cateto que se queda deslumbrado y que quiere
fijar con el formol de la pluma su infantil y superficial maravilla. Se salvan
de la quema “Una ciudad y un balcón”, que es un apunte de prodigiosa belleza; y
“Las nubes”, que podría haber sido mejor (hay más jugo en esa naranja del que
Azorín extrae), pero que no está mal.
Sigo aplaudiendo una frase que ya subrayé en 1999: “El
grado de sensibilidad de un pueblo (...) se puede calcular, entre otras cosas,
por la mayor o menor intolerabilidad al ruido”.
1 comentario:
Me siento un poco apurada por no decir avergonzadita, porque leí hace años esta obra y no tengo recuerdos de ella 🙄😖
Y lo peor, es que no sé si me apetece releerla 😅
Besitos 💋💋💋
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